Cul-de-sac

Mientras encendía el cigarrillo, Mario recordó el extraño caso, todavía abierto, del escarabajo. Aquella tarde de verano, Mario abrió la puerta trasera de la cocina buscando el aire fresco del patio. Se sentó en la mesa y encendió un cigarrillo.

—Apaga eso, Mario.¡El niño!—gritó su mujer con la criatura en brazos mientras cocinaba.

Con rabia, Mario tiró el cigarrillo al patio interrumpiendo la carrera de un escarabajo al que inconscientemente llamó Kafka. Avanzaba por el suelo a la velocidad permitida por sus seis patitas. Cada pared le obligaba a retroceder. Su frenesí mostraba un rumbo a la deriva. Mario se acordó de que en aquella época sintió lo mismo. En su conjunto, las baldosas del patio creaban un mar inmenso de un color barro rojizo. Sin embargo, cada ladrillo estaba compuesto de rectángulos contiguos que giraban alrededor de un cuadrado negro, creando un raro ventilador cubista. Un laberinto hacia abajo. Pensó en la mente embrollosa de Samsa. De pronto, apareció el gato de la familia. Su sombra envolvió al escarabajo y a su destino. Extrañamente el gato no se lamió el hocico. Y siguió su camino moviendo felizmente la cola. ¿Qué ha sido de Kafka? ¿Tragado por el silencio sutil del gato? ¿absorbido por el laberinto? ¿Triturado por el ventilador? Hoy, Mario fuma tranquilo y, desde la soledad de su cocina, sigue buscando a Kafka.

Por: Benjamín DIAZ GYGER

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Soy calle

La verosimilitud es una de las cosas más difíciles de lograr cuando uno escribe, en tanto que las situaciones más insólitas e insospechadas son las que en muchos momentos dan razón de las más normales. Muchos explicarán este tipo de sucesos mediante la intervención divina, otros más modernos, traerán a colación al universo que conspira. ¡Qué va! Por la cantidad de personajes involucrados para dar este resultado y los porqués y cómo ellos llegaron a estar allí, no me detendré en dar detalles explicativos: me bastará con decir que la conocí en la casa de un italiano, de nacionalidad suiza, que estaba de paso —como ella, como yo— por Kosovo. Esa tarde además de su nombre, me quedé con las miradas, las sonrisas cómplices, los brindis, las carcajadas, la sonoridad de su voz. Sí, con la alegría que su presencia pone en cualquier lugar. Ella ilumina. Se fueron acumulando las charlas, los almuerzos, los cafés, las cervezas, las noches en los bares, idas a bailar. ¡Fiesta! Los sentidos se involucraron en la relación. Así pues, el oído transmitía el compás que la melodía nos imponía, el tacto la guiaba a través de su mano que sostenía y la fuerza sutil que ponía en sus caderas, el olor de su aliento, su pelo y su sudor, el sabor del licor de su tierra en la boca. Bailar afina. Y así, hasta que la Tierra pasó varias veces por el mismo punto de partida en su eterno y predecible movimiento. Tan predecible como insospechado el nuestro. Ella tuvo que partir. No lejos, pero partir como la mayoría de las otras personas de esa tarde. Ya quedan pocas a mi lado, y yo empaco maletas, pero no pasa día sin que no sienta su ausencia. Como dicen los iraníes: tu lugar está vacío. Afortunadamente los sentidos nos ayudan y hoy «El Guaguancó Callejero» te trajo de vuelta y me sentí bailando con vos.

Por: Juan Carlos LEMUS POLANÍA