El ejército de pegamento.

Un Relato de: Igor de Cabo López

Recuerdo cuando los años eran algo unitario. 365 días que empezaban el uno de enero y acababan el treinta y uno de diciembre. Pero desde que estalló la guerra mi escala temporal no se ve afectada por la Navidad, la cosecha o las fechas señaladas en lápiz. Los últimos tres años no han tenido ninguna estructura lógica que facilite su suma. Las matemáticas no sirven, ya no nos salen las cuentas a estas alturas.

Llevábamos en aquel tren muchos días. Con demasiados pasajeros. Parábamos de vez en cuando y  buscábamos espacios vacíos donde respirar aire transparente y estirar las piernas. Nos desperdigábamos para liar un cigarro, mear entre los cultivos o escribir la penúltima carta de amor. Luego volvíamos a los vagones como un enjambre al panal, con un orden desordenado, con el ritmo de los que parecen tener prisa sin tenerla realmente.

Mark era la razón por la que mantenía alguna esperanza aún. Me conectaba a la ilusión cada vez más lejana de nuestra vuelta a casa. Una quimera que proyectaba tal cantidad de intensidad y color a mis pensamientos que me impedía distinguir caras y lugares, antes familiares. Pensar en ello era como quedarse ciego por tanta luz. Su cabeza de rizos negros caía sobre mi hombro, sucia. Cubierta de un manto de polvo que relucía al Sol que salía y se escondía de entre los árboles a nuestro paso. Ni siquiera le alteraba el sueño la concurrencia masiva del vagón. Mark y yo nacimos a metros de distancia, en un entorno del que ya habíamos hablado demasiadas veces. Recordarlo nos parecía tan absurdo como infantil. Protegernos era el único motivo que nos quedaba para seguir teniendo fe en algo. Fe en alguien.

El silencio es anti natural en lugares llenos de gente. Pero después de tanto tiempo escuchando el último grito de la vida, a nadie le queda ya nada por decir. Nos transportaban como al ganado. Las caras, estáticas, eran de hombres que iban allí pero que hablaban, amaban y reían en algún otro lugar. Podría decir que tanto Mark como yo éramos uno más en el tropel, pero estaría mintiendo. Podría decir que éramos parte de una casta especial, y entonces estaría más cerca de la verdad. De hombres buenos, que es como nos llamaban los oficiales. Una bondad en el sentido más amplio de la palabra. Referida en nuestro caso a un don para la extinción. A distancia. Demasiado lejos como para cazar sombras, que dicen los soldados viejos, pero para eso nos entrenaron. También aseguran que es para lo que yo nací. Y ese es en definitiva el origen de todos nuestros privilegios. Doble de sopa, doble de pan. De todo siempre doble. Nadie se para nunca a pensar en la cobardía que subyace bajo nuestra supuesta heroicidad. Mark no tenía buena puntería, pero le hice imprescindible a mi lado. Mi tercer ojo. Me seguía a donde fuera con su periscopio. Él exploraba, yo apuntaba, otro moría. Dos hombres muy rentables. Dos hombres buenos.

El chirrido de las ruedas humeando despertó a Mark al frenar el tren. Llegamos tras recorrer más de 2000 kilómetros a una estación en la que no esperaban a los viajeros con flores, por la que sólo deambulaban los recuerdos y las sombras de un pasado olvidado y perdido. Nos llevaron por grupos a las carretas, uno por uno hasta aprovechar cada resquicio en los bancales y el suelo. Fustigaron a los caballos y siguió el penoso traslado hacia el sur. Mark empezó entonces a silbar nuestra canción. Una buena alternativa ante un fraude de calma y los baches del camino. Se la habíamos escuchado al enemigo en una ocasión, delante de una línea inglesa que nos impedía avanzar. En los días que habíamos estado allí atascados, en aquel frágil alto al fuego, nos dio tiempo a conocer más del otro lado. Hablábamos con ellos en voz baja, a poca distancia, con la oscuridad como amparo y tumbados en el suelo aún caliente. Teníamos más empeño por saber que propósito de odiar. Éramos muy jóvenes. Y hace sólo dos años de aquello. Se crece muy deprisa cuando sale uno de casa. Desde entonces trabajamos con aquella marcha pegadiza. Un cuatro por cuatro que aquellos ingleses cantaban borrachos entre carcajadas y que pillamos enseguida. Hacía tiempo que no oíamos reir a nuestro alrededor. A la mañana siguiente tuvimos que matarlos a todos para cruzar el río. Hasta ayer seguíamos rezando por ellos.

Mark silbaba el son al ritmo del crujir de la carreta, como si lo hiciera para avisar a nuestra recurrente morada de que insistíamos en volver. La tierra excavada, el corredor del ruido, el pasillo del espanto. La trinchera. La cicatriz que nos aleja de todo, la herida en una tierra extraña que, supuestamente, defendemos de alguien peor que nosotros.

Llegamos al campamento, nos separaron del resto y nos dirigieron sin perder el tiempo al barracón de mando. Todos eran alemanes en la zona noble, nos hablaban con arrogancia, se sentían muy importantes  por el simple hecho de que sus madres les hubieran parido a éste o aquél lado del Rhin. Aunque ahora los demás aliados parecíamos hacer mucha falta. Las cosas se habían puesto difíciles de verdad y sus caras, demacradas y hundidas en los huesos por el hambre y la falta de sueño, lo decían de forma explícita. Las medallas no lucían en sus cuerpos esqueléticos. Ya nadie perdía el tiempo en ponérselas y aún menos en limpiarlas. Hacía calor, aquello era el yang del álgido tapón ruso del que veníamos. Seguimos a un oficial entre los surcos de tierra seca para conocer nuestro nuevo laberinto. Muy parecido a tantos en los que habíamos vomitado antes.

Era de día y de día no hay vida en la trinchera. El día es como las noches de antes en el pueblo. El día es la pausa, el alimento, el sueño. El día lame las heridas. Pero al final, siempre llega la noche.Y ésta noche es bulliciosa. Pero no como el alboroto de Viena en las mañanas de mercado. El de aquí es un ruido tóxico, redundante, perverso. Un estrépito del que ya no te libras jamás después de la primera vez. Y su recreación periódica es la que nos aclimata al infierno. El truco es hacer de lo excéntrico lo normal para asumirlo como nuevo hábito.

Aunque en estas galerías de pala, apuntaladas con madera de pino, salpicadas de la sangre de un imperio, es cuando el ganado recupera la voz. Y grita.

Nos asignaron un habitáculo para la noche. Estaba excavado en una loma que llevaba a través de un angosto pasadizo a la trinchera principal. Una puerta nos daba una cierta privacidad en esa especie de cueva, nos descosía del caos que estallaría a escasos metros. En la pared más larga había una ventana larga y estrecha, enmarcada con listones metálicos que daba al frente y por la que entraba una corriente de aire fresco. Debajo se apilaban sacos de arena formando un gran escalón. La cera de velas consumidas moteaba el suelo de tablones renegridos. Deshicimos los petates y fuimos repartiendo los enseres a medida que nuestras ojos se adaptaban a la falta de luz.

Se fue el Sol y llegó la Luna. Nuestro faro, mi guía. La vida comenzó a hacerse presente en aquella explanada horadada de pasillos sin techo. Primero el traqueteo metálico de la artillería. Intermitente, pausado. Como preguntando: “¡Hay alguien ahí!”  Mark ya estaba apostado de pie frente a la pared de adobe de la madriguera, con el periscopio buscando alguna silueta, asomándose al tragaluz como un cisne negro. Respiré a su lado tratando de alejar el alma del cuerpo. Sentí el picante olor de la pólvora. Asomé el Mauser por la ventana. Me apoyé en el alféizar con calma y acomodé el mentón tras la mira. Cerré los ojos y recé una plegaria por los que se fueron. Y otra por los que se iban a ir.

Mark empezó a silbar nuestra canción. “Un, dos, tres, cuatro”. Atendí a la melodía de los ingleses del río. Sólo le oía a él. Cuatro por cuatro, una marcha alegre, como para ir a pescar . “A las dos”, me dijo. Encontrado, ahí estás. Tensión ocular, pulso. Espera…, corchea, corchea, silencio, corchea. Se detiene un segundo. Gatillo. Ya no se mueve, seguramente esté muerto. Mark se puede tirar toda la noche silbando, sin descansar, pegado a su tubo de lente mientras mis dedos van dejando el horizonte inerte.

Habíamos tenido jornadas duras, pero nunca como ésta. Las horas avanzaban y no dejaba de recargar el fusil. La munición comenzó a escasear. De pronto, el aire se rompió en un sonido siniestro y familiar. Un zumbido que me cruzó por la izquierda atravesando la ventana y que detuvo la melodía de manera rotunda. Posé el arma en los sacos, intentando calmar la corriente que parecía electrificar las venas de todo mi cuerpo y me negué con la cabeza. La giré hacia atrás con miedo auténtico. Mark caía sobre sus rodillas, pálido, chorreando sangre por el cuello con cada latir de corazón. Me tiré encima. Le abracé fuerte, se vencía, pesaba mucho. Traté de taparle el agujero con las dos manos. Mi pulso temblaba de manera frenética. Sentía cómo Mark se me vaciaba entero. Caímos al suelo. Chillé con todas mis fuerzas mirando a la puerta. Pero de nada valía gritar pidiendo ayuda, ni siquiera yo oía mis lamentos. Noté cómo caía una granada de mortero  muy cerca. Me quedé sordo por completo. A medida que salía del aturdimiento  volví a escuchar algo. Al principio un pitido agudo que me hizo apretar los dientes, luego el desenfreno habitual de los disparos afuera. La guerra seguía en su apogeo de luces tras la ventana de aquella trampa. Los escombros haciéndose añicos sonaban como mis pilares al derrumbarse. El pobre Mark no había podido decirme nada. Ni un “hasta pronto hermano”. El amanecer fue poniendo su sordina progresivamente hasta que ya no se oyó nada. No cambié mi postura, sentado en el suelo, abrazado a él. Silbando a media asta nuestra canción. Vinieron a recogerle, me aseguré de que tuviera una despedida a su altura. Nadie objetó.

Ahora sigo esperando en la última guarida, la última parada, inmensamente sólo. Tengo aún más claro que ayer que me trajeron a la tumba, a la espera de clavarme encima la tapa, escribir un número con tiza y llevar de vuelta a casa mis restos. Me alistaron por la fuerza en una división de pegamento que me deja unido a la herida de la tierra, encolado a la sangre de los inocentes. Pegado a la crueldad, a una más que segura capitulación, pegado a una mira telescópica de terror, a un fin tan obtuso y estrecho como la misma. Fijado con engrudo a un mundo del que quisiera irme antes, pero no puedo. No soy tan valiente como para eso.

“¡Toc!, ¡Toc!”  La puerta suena después de horas sin saber nada de nadie. “Pasen”, respondo mientras miro las velas como estalagmitas del suelo. Entran dos alemanes. Traen un chico con ellos. “Su nuevo ayudante, no tiene mucha experiencia, confiamos en que sepa lo que hacer con él” me dice el más alto. Se van. El joven me mira, asustado. Sigo pulverizado de arriba a abajo por la sangre seca de Mark. Espera alguna palabra. Tiene los ojos verdes. Como él. Los contemplo y empiezo verle entonces en pequeño, sentado en el iris, con los pies sumergidos en la pupila, mirándome hacia arriba con su media sonrisa de satisfacción completa. Al fin en calma. Pescando y bebiendo con todos aquellos ingleses del río. Creo que debería comer algo.

Me incorporo y voy hacia la ventana. La guerra duerme con las primeras luces del día. Luego llegará la noche. Pienso en lo que he perdido y en la nada que me queda por ganar aquí ya. Pienso en el pobre chico que empezará a recibir doble de pan a partir de hoy, doble de sopa. Sigue detrás de mi, callado, respetando el dolor ajeno.“¡Muchacho!”, le reclamo. “¿Si, señor?”, me responde estirando el cuerpo.

“Lección de hoy, ¿sabes algo de música? Eres Austriaco, deberías. Es un cuatro por cuatro, presta atención al ritmo porque es de vital importancia. Abajo, izquierda, derecha, arriba…

Anuncios

3 thoughts on “El ejército de pegamento.

  1. Víctor Alcalá enero 15, 2014 / 21:41

    Dio picha! Leído y releído. Fantástico y perfectamente ambientado. Perfectamente tu.

    Lo leeré otra vez. Me vuelve a decir más cosas a cada lectura.

  2. BEA diciembre 4, 2013 / 21:56

    QUE MARAVILLA !!

  3. Ofelia noviembre 25, 2013 / 10:59

    Eres bueno, si señor. Ahú!

¿Te gustó? Sí, no... igual déjanos tus comentarios.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s