Su sacramento

Roger estaba sentado en la mesa oval contemplando con rabia el cuadro asquerosamente desalmado que Martín le había ofrecido. El olor que la tela desataba, le hizo recordar con exactitud el día en el que Martín había bañado el cuadro con su frasco francés para crear memoria. Al contemplarlo, suponía que el lienzo sin valor artístico alguno, había sido comprado por un puñado de euros en las rebajas de los grandes almacenes suecos del país. La escena consistía en un cielo muy azul sin vida, sosteniendo cuatros casas escandinavas de colores muy cálidos, cuyas bases metálicas con un fundamento negro desproporcionado, se hundían en una arena importada de algún lugar de China. Esas cuatro capas, el suelo, la base, el hábitat y el techo universal formaban una fotografía artificial de estudio trabajado a golpes de clic de ratón. “¿Acaso esto era el arte contemporáneo americano que Martín prometió mostrarme en algún museo de Berlín?” se preguntó.
El Doctor Müller, su psicólogo que le trataba desde hacía seis meses, le había aconsejado rodearse de imágenes concretas de un color muy vivo. La terapia del explorador de tesoros profundos, insinuaba que el punto de encuentro de la tranquilidad buscada, se basaba en el trabajo diario, aprovechando la respiración del minuto a minuto. El experto aconsejaba olvidarse del mañana y concentrarse en la lucha que hoy por hoy vivía Roger en su interior.

Desgarrar la angustia de su salud eran el objetivo prioritario, a parte de ser paciente y de cimentar, luego, el espíritu del hombre. Obviamente, la solución terapéutica se había convertido en una enorme montaña muy difícil de encaramar. El sentimiento seguía tan fresco que incluso el perfume de la piel de Martín seguía impregnado en su ropa, al igual que en el dormitorio de su apartamento. El fuego de su historia seguía tan presente que la espera de la llegada de noticias futuras, no paraba de roerle el intestino que se convertía lentamente en un trampolín perfecto al diagnóstico de un cáncer seguro. El calendario de Roger marcaba los casi doscientos días sin saber de Martín.

Su sacramento
Su sacramento

En su día, el periódico local, después de la denuncia, apuntó, bajo el título “En la playa del acantilado se lo tragó su destino”, que la locura de un mar embrujado había sido la causante de su pérdida. De eso se estaba completamente seguro, pero lo que nunca se supo fue, si había sido un accidente o un homicidio. Las malas lenguas viperinas del pueblo, subrayan incluso un posible suicidio, otras recalcan que los celos de alguna apasionada lo había matado por ser un mujeriego enfermizo, y otras insinúan que desapareció de la playa de pescadores, tomando el primer ferry con destino a algún país del sur.
Durante el período de rodríguez que Roger vivió a principios del verano, al conocer a Martín en cuerpo y alma, éste le había extasiado por su fuerza apasionada en contar relatos acerca de los mares del sur. La utilización de su lengua ligada a la composición poética de un vocabulario jamás oído, y jamás leído en el chat, le había obsequiado con un aroma de enamoramiento juvenil y pasión madura que transformó los días y las noches en un tiempo extremadamente efímero vivido sin reloj ni razón. Al cabo de dos días sin saber de él, su denuncia en la comisaría del pueblo de al lado, fue un gesto de vehemencia motivado por la influencia de su alma magnetizada.

El médico convencido de que el paciente iba por buen camino, pensó que no era necesario tratarlo durante sus vacaciones. Así que le dio una pausa bajo el mandato serio de un respeto mutuo. Pero el rumbo de la aventura por las brumas de la consciencia, había girado. Roger, con un sueño desestructurado y una irrespetuosa nutrición a base de patatas chips, chocolate y alcohol, se enganchaba a su ordenador para ver si al menos la sombra de Martín se conectaba al chat donde se habían conocido. Atormentado por la espera, bajaba a la farmacia y presentaba la receta recibida por su protector. Al recibir la cajetilla de pastillas de diez y antes de subir a su apartamento, pasaba por el supermercado para abastecerse en whisky. Al subir a su piso miraba de lejos el teléfono con la esperanza de ver una luz roja parpadeante. La intensidad de los momentos vividos con Martín habían sido tan fuertes y tan únicos que incluso los mensajes que Julia, su pareja, había mandaba desde Göteborg afirmando que pronto acabaría la tesis de su doctorado, fueron olvidados por Roger.

Un día bajo las melodías de Depeche Mode y casi al borde de una desesperante locura hipnotizadora, al mismo tiempo que inventariaba los nombres nuevos llegados a la sala del chat, le entró un correo electrónico bajo la dirección de mafana@hotmail.com. La correspondencia decía que la persona estaría en el pueblo por unas horas y tenía que verle para entregarle algo. La persona que firmaba bajo el seudónimo de Máfana, le proponía quedar antes del alba cerca de la avenida marítima, junto al edificio transformador de aguas.
Al llegar a la avenida sobre las cinco de la mañana y bajo un olor fecal, una mujer sentada en un banco de cemento le saludó con un movimiento de cabeza. La mujer, que escondía su pelo largo bajo la capucha de un jersey negro americano, le dijo que venía de parte de Martín. A Roger se le bloqueó la mandíbula tratando de formular palabras de asombro, y cayó de rodillas al piso echándose a llorar. La mujer, de pié, y junto a él, empezó a acariciar su hombro derecho como al gato más querido. Roger con la cara mojada por sus lágrimas y casi a punto del paro cardíaco, le miró como el cristiano a su virgen recién aparecida. Tras unos minutos de silencio, los dos se incorporaron al banco de cemento. Máfana tomó con dulzura las manos temblantes de Roger, las unió y sacó del bolsillo de su jersey un pequeño bloc de notas escrito por Martín. “Esta pequeña perla es de él para ti”, dijo ella.

Mientras con una mano agarraba crispadamente el objeto recibido, Roger secaba, con la manga larga de la otra mano, las lágrimas con olor a moco. Máfana le explicó que ella era la prima de la mujer de Martín y que también había sido víctima, hacía ya algunos años, de las garras de su encanto. Ella corroboró que la boca y el alma de Martín se lo habían contado todo. Al parecer, éste se había arrepentido, como siempre, de haber dejado durante unos días de verano a su mujer y a sus tres hijos y que a pesar de haberse enamorado realmente de él, regresaba al túnel de su vida estructurada. Máfana, le dijo que en realidad no se llamaba Martín y que no era ni bisexual, ni homosexual, ni que era arquitecto. Pero ese disfraz ya no tenía significado alguno. La mirada penetrante de Máfana le hizo comprender que Martín le pedía por favor que se olvidara del mañana y que viviera el presente con su Julia ya pronto doctorada en filología hispánica.

Roger con el bloc en la mano, agarrándolo como lo más preciado en este mundo y volviendo a llorar infantilmente, miró al horizonte, se levantó y se precipitó hacia la orilla del mar. A dos metros del contacto con la espuma del agua, se desnudó como un niño y dobló la ropa minuciosamente como le habían enseñado. Introdujo el bloc de notas en su bota izquierda y entró su piel ardiente en las aguas gélidas del mes de enero. Se sumergió por completo, y bajo el mar del atlántico, se juró que al emerger su cuerpo del agua salada volvería a nacer.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER 
Una foto de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA
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