En marcha

Fuiste tú la que se despertó primero. Había un sonido apagado, como cuando uno pasa cerca de una central eléctrica y alcanza a oír sus turbinas en movimiento. Un zumbido aburrido, denso, lento, monótono y lejano. Un zumbido de miles de millones de abejas dando vueltas. Un ruido intenso del que, claro, como con todos los sonidos, no había escapatoria. Me miraste en la oscuridad.

—¿De dónde viene ese ruido? —preguntaste.

—Ni idea. —contesté dándome vuelta en la cama— No hay mucho que hacer. Viene de afuera.

Pujaste. Te acostaste y posaste mi mano sobre tu panza. Lo sentí. El feto se movía con violencia. Lo hacía frenéticamente como en un pogo dancing solitario contra las paredes de tu vientre.

—¿Qué hace?, ¿te patea?

—Se mueve —me dijiste entre sonrisas.

—Eso veo… Bueno, siento. —dije entre sonrisas también.

Luego lo oímos. Cada uno en su cabeza. Cada uno en su idioma materno.

—¿Y qué mierda fue eso? —dije asustado mientras veía tu cara traslúcida. No musitaste palabra.

El miedo, como latigazo de agua fría en la espalda, me recorrió el cuerpo e hizo que me pusiera en pie inmediatamente. Corrí al cuarto de nuestra hija. Tú llegaste detrás. Sentí que tu mirada la abarcaba. Te le lanzaste, la levantaste y abrasaste. Más que eso, la pegaste contra ti. Ella estaba tranquila. Se reía.
Intenté encender la luz. No hubo respuesta. Y como si sirviera de algo, off/on, off/on, frené.

—No tenemos electricidad. —confirmé sin ninguna necesidad.

— Ya veo

—Que creo que no vamos a volver a tener electricidad. Estamos en el pasado: sin agua, sin luz, sin electricidad. —oí mi voz desesperada.

—¿Qué quieres decirme con eso?, ¿por qué?

Yo sólo te sostuve la mirada. La luz eléctrica niña de nuestros ojos, el orgullo y la quinta esencia del desarrollo de la humanidad, no estaba más a nuestro servicio. Su hijita, la tecnología digital era muy pequeña para sobrevivir sin su madre. Esto que estamos viviendo no es un trending topic, pensé. Esto que la humanidad está pasando, no será compartido en Facebook. Será sufrido en la vida real. Los dolores y las penas de los demás ya no necesitarán de la empatía a la distancia que nos lo hacía más fácil. Serán ahora sí, de verdad, los mismos nuestros. O al menos muy parecidos. El desasosiego: la verdadera red social. El fin de nuestro solipsismo. Y acá estábamos sin saber qué pasaba. Viviéndolo, sí, pero en un territorio virgen. No había relator de ésta historia. La radio, la televisión, Internet, con sus narradores de la cotidianidad, nos habían abandonado.

Otra vez la voz en nuestras cabezas. Mi miedo fue infinito al darme cuenta que ese momento duró siete minutos. Molder tenía razón. La televisión siempre fue nuestro verdadero norte

Me costó volver a hablar. Te pedí que nos asomáramos al balcón. Quería ver. Me acompañaste con ella en tus brazos. No la querías soltar. Ella seguía tranquila y yo aún no entendía cómo ni el porqué. Dijiste: «es sólo una niña». No vimos nada. El mismo cielo oscuro y sin luna. No había ninguna muestra de su presencia. Pero ellos estaban acá. Los oímos en nuestras cabezas. Y ese puto zumbido inagotable. Entramos y retomamos la vieja conversación sobre la distopía del fin del mundo. Tú me recordaste mis palabras, que había que intentar sobrevivir y hacer lo que hubiese que hacer. Yo estuve de acuerdo. Lo dije aparentando seguridad. Mentí. Ella se durmió contigo al lado en su camita. Yo sentado en la silla de lectura. Ni tú ni yo dormimos. Recordamos las diferentes conversaciones que habíamos tenido sobre comprar un arma para defendernos en caso de tener un intruso en la casa. Nunca quisiste. Yo tampoco insistí en ello. ¿Y ahora? Igual no serviría. ¿Qué hacer cuando no puedes huir? Porque no hay a donde. ¿Qué hacer cuando no puedes esconderte? Porque tampoco hay un lugar para hacerlo. Solo nos queda enfrentar al invasor. ¿De verdad?, ¿con qué?, ¿y si no quieren nada malo?. Entonces ¿qué quieren?, ¿a qué vienen? Recuerdo que dijiste irónica: «a saludarnos». Y tuvimos una sonrisa que no logró mitigar, ni un poco, el vacío que sentía en la panza. Pero si es que hasta la ciencia, nuestro refugio racional, nos mintió. Grandes científicos y pensadores dijeron que esto no era probable. Nos explicaron, que era como si nosotros detuviéramos nuestro recorrido en la autopista para parar a ver una colonia de hormigas en los límites de la misma. Yo les había creído. Tenía lógica; pero ahora ellos se detuvieron. Ellos están acá. Ellos llegaron a nuestra colonia y nos hablan en nuestras cabezas. Sí.

Imaginé que en todas las casas el miedo había llegado para instalarse. Tú viste correr algunos de esos vecinos desconocidos por las calles. Todos entendimos —al unísono— la dimensión de la palabra extraterrestre. Yo seguía pensando aterrorizado. Y así, como cuando en un día de verano las abejas llegan a un pic nic, nosotros fuimos atacados por las preguntas. Tú formulaste otra vez la impertérrita: “¿qué vamos a hacer?”

Amaneció sin hambre. Sin agua. Sin electricidad. Si la rutina nos abandonaba también, ¿cómo seguir?, ¿qué hacer?, ¿de qué nos vamos a asir?. ¿Buscar comida y agua?, ¿pelear por ello?, ¿matar por ello?, ¿para cuántos días nos alcanzará?. Las mismas preguntas una y otra vez.

En marcha

Pasaron los días. Ellos nos dijeron para qué estaban acá. Los humanos tememos a lo desconocido; pero, como cuando un acusado es sentenciado a la silla eléctrica, conocer el futuro nos paraliza de terror. Igual, nunca, en todos nuestros años de vida en este planeta, manejamos la única situación a la que nos veríamos irreductiblemente abocados. Llegando muchas veces —y no por ello menos estúpidamente— a creernos inmortales. Cuando las terribles profecías de los libros sagrados se hicieron realidad, y no llegó ningún Mesías, me sentí como en The Age Of Empires cuando me enfrentaba a una civilización superior. Al menos en el juego esos seres superiores, eran humanos. A ellos ni siquiera los vi, no supe como son sus caras. No supe si tienen cara.

Recordé el significado etimológico de la palabra matrimonio. Supuestamente significa que un hombre puede tener hijos con una mujer y defenderla. ¿Cuál es mi papel ahora? Ya no hay posibilidad de defensa alguna. No hay cómo atacarlos. No hay cómo defenderse. Yo era un león viejo viviendo la llegada de uno joven a su manada. A mi que tanto me gustaban los planes B, saber como reaccionar cuando alguna catástrofe pasara. Tener un guión ensayado. Un plan de escape. Recordé otra conversación del pasado en la que dijiste que muchas veces entregarse es la mayor victoria. Y lo decidimos. Iría yo solo. No iría lejos. Dijimos que tú esperarías en la casa con ella. Yo salí de la casa. Vi tu mirada perdida. Te vi desolada. No tuve ni siquiera la energía de levantar la mano. Caminé. Arribé el súper de la esquina. Vi como era saqueado. Vi el desespero de los demás. Ellos el espejo en donde me veía reflejado. ¿Podríamos vivir con eso? La pregunta ya sobraba. Entré por la puerta arrancada. Busqué. Lo encontré. Lloré. Caminé a la casa. No aguanté más. Lo tiré. Siempre fui un cobarde. Llegué a casa sin nada. Discutimos. Nos insultamos. Me golpeaste. Ella lloró. Nuestra primera discusión seria. ¿Llegaremos a tener más?

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una foto de: Benjamín DÍAZ GYGER
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