Las manos que guían

Después de haber conducido sin rumbo durante casi cuatro horas, llegué al pequeño parking de un pueblo de montaña. El trayecto por vías secundarias había sido rápido e  intenso. Las melodías de la radio me habían ayudado ha sumergirme en mis pensamientos. Con el motor apagado, pensé que la escena del convento rojo me había drogado durante el camino conduciendo mi coche italiano. Sólo pensaba en mi mujer, en su fascinante mirada femenina, en el bombardeo de sus palabras y en su joven cómplice, su profesora de agricultura. Recuerdo que junto a mi mujer y durante la discusión,  las manos de aquella señorita esbelta y fina, a pesar de su oficio, se conviritieron en aspas de molino en monstruoso movimiento. Aquella noche había sido complicada y la trastornada pelea con ella era un laberinto de espejos sin salida. Todavía sigo sin entender lo que nos une.

Ahora, lo único que iba buscando era un escondite donde desaparecer y dormir unas horas. Necesitaba volver al vientre materno. Volver a mi soledad. Probablemente lo que necesite sea dormir y dormir. Dormir para siempre quizás. Acaso podría dormir con esa imagen en constate agitación en mi cabeza (?).

En caso de no poder, siempre puedo tomar el camino de la lectura del único libro que me regaló hace un par de días antes de que todo sucediera. Era un libro del escritor francés Beigbeder. No me llenaba mucho su escritura, a pesar de haberlo ya leído, pero era lo que ella me aconsejaba para poder relajarme, para no complicarme la vida. Decía que con la responsabilidad de mi trabajo, una lectura contemporánea ayudaba a desconectar. Llegué a pensar en el chute del drogadicto. Quizás ayude…

Al salir del coche, con algo de ánimo sacado de un pozo sin agua, tomé mi bolsa de deporte marrón que contenía unas cuantas mudas y empecé a caminar por aquel pueblo deshabitado.

Al cabo de un rato, después de subidas y bajadas por itinerarios adoquinados, entré por un callejón estrecho y oscuro, que me hizo recordar el misterio nocturno de  las calles frías de la vieja Berna. A la izquierda y a la derecha del pasillo se amontonaban las casas una detrás de la otra cuyo inquilino, me imaginaba, debía estar oyendo con la ayuda de un vaso vacío junto a la pared, lo que el otro inquilino también escuchaba y así succesivamente.

Antes de llegar al ecuador del callejón, me percaté de la trampa sin salida. Era lo que lo franceses denominan un «cul-de-sac». En la profundidad del callejón salía una luz naranja del interior de una casa. Al encontrarme frente a la puerta de aquella casa, un cartel al pié de la puerta decía : «Hotel Niza, el placer del sueño…o no…, se alquilan habitaciones».  El nombre de esta ciudad me hizo remontar un década cuando estuve de visita en esa parte del sur de Francia. Los colores calurosos que me venían a la mente y el perfume a ostras de los restaurantes de los puertos, no tenían nada que ver con el frío actual en este callejón moribundo impregnado de olor a orina de cerveza.

2013-12-16 17.55.07

Al bajar los dos escalones de la entrada, atravecé el grupo caótico de muebles en disonancia que componían el vestíbulo desolado del hotel. Me presenté ante la recepción. Una fragancia a sudor hermético, a cigarrillos ya fumados y a vómito alcohólico plasmaron en mi mente el tipo de clientela que allí se hospedaba.

Nadie me recibiría detrás de esta barra de acogida cuyo objeto central era un timbre de metal plateado previsto para llamar a la demanda de cualquier servicio. Las cuatro velas blancas encendidas delante del espejo junto a la recepción eran la única prueba viviente de este antro. Al acercame al timbre con mi mano izquierda para accionar su mecanismo, pensé en las manos de la joven agricultora. Esas manos grandes como las aspas de molino en monstruoso movimiento. Tras ese pensamiento, me bloqueé y mi mano entera se convirtió en simple dedo del corazón. Hacía ya muchos años, una batalla nocturna había convertido mi dedo índice en invisible. Acaricié el timbre y antes de accionarlo, desde el oscuro más allá de  la recepción una mano apareció cubriendo mi mano, mi dedo. Eran manos enormes. Volví a pensar en la agricultora. Me asusté y miré la cara para saber a quién pertenecían esas manos. Al mirarla, se me cayó la bolsa de deporte que llevaba colgando en mi hombro derecho. Mi cara se volvio más blanca. Miré de nuevo a sus manos para confirmar lo constatado. Efectivamente, las manos de la  joven agricultora son aspas de molino en monstruoso movimiento. Me asusté. Era ella, la joven profesora. Su mirada penetró mis ojos perdidamente intimidados y me dijo que en el interior de la habitación número tres estaría una de las respuestas que buscaba. Me dió la llave. Sonreí con miedo y al girarme me dirigí a la escalera que daba a las habitaciones. La poca luz de la lámpara que alumbraba el cuadro de la pared de las escaleras me aterrorizó. Era una pintura abstracta de un cuerpo sensual de mujer desnudo con la cara tapada por la espalda de otro cuerpo y con manos de aspas en monstruoso movimiento. Miré hacia la recepción y la vi vacía. La agricultora había desaparecido de la recepción. Subí los peldaños hacia el pasillo de las habitaciones. Evité mirar los otros cuadros para no desviar mi atención en la posible ventana de la paranoia. Después de rastrear varios números golgando en las puertas de habitación, llegué al destino ofrecido por la cómplice. La puerta número tres se presentó a mí. Me subí el jersey hasta los codos y me remangué la camisa azulada. Al descubrir mis manos, estas pasaron de su feminidad diaria, a la que me tenían acostumbrado, a girar como aspas de molino en monstruoso movimiento. Me asusté. Empecé a temblar. Introduje la llave como pude por el cerrojo y giré el pomo de la puerta con mis manos de monstruo agricultor. Al abrir la puerta, la luz de dos focos potentes alumbraban el centro de la habitación, y un hedor de humo, de olor a sudor y sexo y de aire obstruído entraron por mi nariz. Delante de mí dos sillones de cuero me daban la espalda. Dos cuerpos desnudos ocupaban los asientos y se daban mutuamente la mano. Yo no veía las caras. Al dar un paso hacia adelante el suelo crujió. El ruido hizo que las caras de aquellos cuerpos se giraran hacia la puerta de la habitación. Las caras sonrieron amablemente dándome la bienvenida. Eran mi mujer y su joven agricultora.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER 
Una foto de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA
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