El angelito

Otra vez yo en ésa ciudad. Mas que una ciudad parecía un pueblo, y hasta más pequeña que eso. Era chiquita, insuficiente, parca. Tanto que me hacia sentir en la universidad. Y eso tiene tanto de bueno como de malo. Ahí estaba yo, en la sala de su apartamento, cuando ella soltó la pregunta. Desde ese momento, para mí, fue solo paranoia. Yo henchido de orgullo, —el que ella inflaba por permitirme estar a su lado un par de horas a la semana— de porros y cervezas. Cervezas que la había visto comprar para mí. Yo que la espiaba siempre sin querer. En fin, que muchas veces en esos pasillos que ahora eran calles, yo estaba siempre buscándola. Me encontraba a mí mismo en varios momentos con los ojos ocupados en las posibilidades de ella. Buscaba su caminar, verla de espaldas, verla a lo lejos, verla acercarse. Detectar su afro, su melena que me encantaba. Algunas veces, el deseo me traicionaba y la confundía con otras. Su perfume, una mezcla de Jean Paul Gaultier y cigarrillo, de tanto en tanto me llegaba a oleadas. Sí, hasta mi nariz me traicionaba. Ella era una negra divina. Deliciosa. Un metro setenta y dos de pura mujer. Una hembra. Ese día, como el libro, ella iba vestida de Prada; ese día, como la película, su vestido era azul. Yo nunca he dudado que el diablo es elegante, justo, minimalista. Los demonios son esos ángeles que siempre están de nuestro lado, que nos ayudan a revelarnos y a rebelarnos, que nos invitan a probar la fruta prohibida, a dejar la comodidad y experimentar. A vivir. Ese ángel de luz que no nos quiere como dioses; porque sabe que en el paraíso prometido a los cristianos, carece de estas mieles. Este angelito que me fumaba en vida. Que me comía con los ojos desde la primera vez que la vi, hace ya casi dos años. Y sabiéndose inmortal supo esperar hasta su asalto a mí. Me supo sitiar y luego, con las cartas muy bien jugadas, se atrevió. Y ahí en su sala, echado en un de esos sofás —ya no tan nuevos en forma de ele—. Viendo el sofacama a la izquierda, la mesa de madera baja, el espacio abierto en donde se mezcla la sala y el comedor, y este separado con una mesa de cuatro puestos mas que útil, un objeto decorativo más. Sí, el típico espacio sacado de una revista de decoración, un poco más que impersonal. Parecía de catálogo de IKEA. Y yo dentro de esa foto. Cables por donde fluyen la corriente de diferentes tipos de luz. La escencia la vida moderna. Esos cables que no se ven en los impresos porque los afean. Cables enrredados. Como la vida de los humanos cuando se encuentran con los dioses. Esos dichosos cables que luego son editados con Photoshop, porque para qué mostrarlos si ya para enredos tenemos nuestras vidas. Yo busco ahora ese Photoshop capaz de editar la inextricable situación en la que me había metido. Y al fondo, más allá de la mesa baja, veía en las pizarras las fotos de ella. Su familia, sus amigas, ella sola, como ahora. Ella a mi lado. Solo para mí.

—¿Eres celoso? —tronó en el ambiente su pregunta. Ella y sus preguntas.

— No…. No creo. —dije sin convicción. Entretanto los celos ya me hacían sentir ganas de vomitar— ¿Por qué preguntas?

—Solamente por conocerte un poco más.

—Bueno. No te niego que algunas veces sí he llegado a sentir celos. —acoté— tú eres una mujer, por decir lo menos, solicitada.

—Quiero besarte. —me cortó ella para empezar con un beso árido, pastoso que me hizo sentir toda la sequedad propia que deja la yerba; pero en la boca de otro.

          Ella siguió soltando los botones. Lamió mi pecho, mi vientre. Con desenfado y mientras me miraba sonriendo bajó sus manos y me desabrochó el pantalón. Su boca empezó a darme una felación. Yo pensaba en el significado de su pregunta y trataba de sentirla. Su lengua se movía con soltura. Su boca subía y bajaba abrasándome. Candela. Con maestría escupió mi sexo y me pidió saliva allí entre sus tetas. Ella siguió en su lento movimiento. Por un instante logré escapar del peso que suponía su pregunta y estallé sobre ella. Cuando abrí los ojos, seguía allí, sonriendo, limpiaba su pecho con los dedos que luego llevaba a su boca.

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—Me gusta. — dijo.

Yo solo pude subir las cejas. Se sentó nuevamente a mi lado. Su teléfono sonó, le había entrado un mensaje de texto.

—¿Quién me escribe si tú estás acá?

         No pude decir nada y mi paranoia aumentaba. ¿Por qué me hizo esa pregunta ahora? Me acordé de la extraña llamada del viernes anterior avisándome de una visita. Diciéndome que no podíamos vernos. Ahora recibe mensajes y ella teclea respuestas frenéticamente. Y entretanto yo me preguntaba ¿qué es ésta mierda?, ¿qué diablos está pasando acá? Ella, a manera de explicación, o tratanto de incluirme, me dice el nombre de quién le está enviando mensajes. Como si yo no supiera qué busca cualquier hombre con ella. Como si no me acordara yo de las conversaciones que he tenido sobre ella. Como si no fuera cierto que las explicaciones que se dan sin ser pedidas, solo nos muestran culpables. Como si no fuera cierto también, que una explicación que deja más preguntas que las que contesta, es inane.

—Espérame un momento —dijo— me voy a bañar.

         De los parlantitos blancos, plásticos, pequeños y baratos conectados a mi Ipod, brotaba música que sonaba como el tamaño de los parlantes. Pablo cantaba: “saca al que sea…”. De fondo la ducha, el correr del agua. Yo miraba su teléfono encima de la mesa blanca y baja. Mi cabeza y estómago revueltos. Sentí que pasó mucho tiempo, una sensación nada más. Pablo cantaba ahora: “mi morena…”.

—Ven. —me dijo desnuda recién salida de la ducha, y con una sonrisa, que enmarcaba su bellísimo rostro, agregó— Te quiero sentir otra vez.

—No. No ahora —dije prepotente.

         Ella caminó hacia mí y me tendió su mano. Mano que yo agarré y tirándola hice que se sentara a mi lado.

—¿Qué te pasó? Tu cara cambió por completo.

—Me imagino. —respondí suspirando.

         Esmeralda me miraba. Yo no decía nada. Mi vista fija en la pared de enfrente. El ambiente se enrareció como cuando uno entra en un lago tranquilo y transparente y, a cada paso, va levantando el barro asentado y enturbiando el agua. Yo quería salir. Quería irme. Dejar el agua revuelta atrás. Esperar a que se asentara. Ella solo me miraba y cada segundo se hacía largo. Y ya no era por lo ralentizando de las conexiones de mi cerebro. Allí, en la altura de su apartemento, sentía el vértigo que esta genera. Como si el piso se esfumara y yo quedara colgado de la brocha. Como en una visión, como en algo surreal, el suelo se difuminaba. Lo único que sentía era una gran fuerza de gravedad tirándome hacia abajo y la tierra, allí impertérrita, esperando para reventarme contra la realidad.

       Ella se levantó y sentí sus largas piernas al lado mío. Una rodilla suya empujó a la mía. Vi la palma de sus manos hacia arriba extendidas. Me invitaba. Su halo logró que mi cabeza se despejara un instante, y su sonrisa hizo que mis miedos se esfumaran. De la tierra al cielo. Su magia actuando a toda máquina, y yo viendo el esplendor de su poder sobre mí. Sentí que su mano agarró la mía con delicadeza, que luego me guiaba a su habitación. Caminando a oscuras. Yo sudaba a pesar de que ya era noche. Ella olía a jabón de frutas. Me empujó y me montó. Con movimientos rápidos, mi cara quedó entre sus piernas. Mi espalda era una campiña llena de gotas de rocío. La tiré boca abajo y empecé a lamerla. Sentí el sabor de su sal. Mordí a dentelladas sus hombros, su dorso, su culo, sus piernas.

—Parece que hoy me quieres marcar —dijo entre risas.

—¿Marcar? —pregunté—, ¿en dónde quieres que te marque?

—Tú puedes hacerlo donde quieras.

—No me gustaría dejarte marcada.

—Déjame hacer algo —me pidió cuando tomaba con su mano mi sexo para sobarse el suyo hasta acabar en un prolongado grito. Dos segundos eternos.

—Me quiero rendir —dijo apenas pudo.

—¿Qué?

—Lo que oíste. Quiero rendirme a ti.

—¿Cómo rendirte a mí?

—Sí. Como el monólogo ‘La Rendición’, de Stoffel. ¿Te acuerdas?

—Sí. Me acuerdo.

—Como dice ella: “Dejándome dar por el culo he aprendido mucho, pero sobre todo una cosa: he aprendido a rendirme”. Te quiero dar mi culito. Me quiero rendir. Sentí otra vez su mano que me guiaba dentro suyo. En su culo.

—Dale suave —pidió. Ella me abrazaba con sus piernas y guiaba mis movimientos. Yo bailaba a su compás—. Ahora sí.

—¿Qué?

—Me tienes rendida. Te acuerdas que ella dice: “Una verga en un culo es como la aguja de un detector de mentiras. El culo no puede mentir: si mientes, duele…”

—¿Aún quieres saber si soy celoso? Porque tú no te rindes, tú haces lo que te da la gana. —dije mientras sentía su piel erizada.

         Ella no respondió. Mientras la atacaba con fuerza, con rabia, sus ojos me mostraron el abismo. Sucumbí. El miedo me agarrotó. Oí sus gemidos a lo lejos. Yo ya no estaba allí. Estaba en ese lago y no lograba ver la luz del sol mas que por unas delgadísimas líneas lejanas.

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una foto de: Benjamín DÍAZ GYGER
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