El gordo Santa

Él estaba en la fila que se movía lentamente. No se imaginó que hubiera tanta gente para la firma de autógrafos. Él se creía un poco más indie y le dolía un poco decírselo; pero ¡ay! Ya todo era Indie. Su mamá le había comprado la entrada para el recital del viernes. En su IPod sonaba por cuarta vez Nobody Lost, Nobody Found y el gordo Santa tarareaba »…Burning in the face of love». Lo cantaba sin importar que le miraran los otros. Que se burlaran, que importa, él ya estaba acostumbrado a eso. Tenía cancha. Cantaba como si él hubiese llegado a sentir ése fuego a sus trece años. Tenía los ojos cerrados mientras tarareaba tocando el ya viejo CD en su mano y, acariciándolo, se imaginaba que en el concierto, en medio de ésta canción, la chica de al lado le hablaba. Y ellos cantarían juntos, se recordarían mutuamente el cómo los había conocido, se intercambiarían sus interpretaciones de las letras de sus canciones, compartirían recuerdos de Cut Copy y él también le contaría sobre el primer CD de ellos, ese regalo que su mamá le había dado hace ya cuatro años.

Mientras él imaginaba esto, subían por la escalera eléctrica del centro comercial sus compañeros de colegio. Aunque el gordo no sabía, Mestre y García también conocían a Cut Copy. También iban a ir al concierto. Ellos lo vieron primero.

—Mira quien está ahí. —dijo Mestre

—¿Dónde?

—Ahí hueva, en la fila —respondió Mestre señalando al gordo

—Ya lo vi —contestó García—. Qué asco ese pelo lleno de manteca que tiene, ¿no?

Cuando al fin Santa los vio se puso nervioso. Trato de disimular haciendo como si nada le alterara. No funcionó. Ellos podían oler a su presa. Él se pasó la mano por su pelo rubio y se quitó las gafas para limpiarlas, en un gesto que, pensaba él, ayudaba a disimular lo que había ocurrido. Y se quedó a la espera de que lo ignoraran. Cuándo oyó a el grito de García saludarlo, a pensar de estar esperándolo en últimas, no dejó de sentir que su garganta se apretaba y tuvo que tragar saliva.

—Hola Santa. ¿Qué hacés acá?

—Hola García, Mestre —después de haberse girado eléctricamente, respondió así al chico (rubio como él; pero bajito y desgarbado) que estaba a su derecha con una risa nerviosa. Se vio rodeado—. Hago la fila para que me firmen el CD. Mestre —el otro chico, el de pelo negro, tan alto como Santa— ni lo miró. García suspiró.

—Eso veo —dijo García susurrándole al oído. Viéndole el sudor que salía de su cuello. Sintiendo casi el calor de la cara de Santa ya un tanto roja—. ¿Me puedes hacer el favor de llevar el mío?, bueno, y ya en esas, el de Mestre también, ¿sí o que?

—Listo, de una. ¿En dónde nos vemos después? —aceptó con impuesta solicitud

—En el MacDonalds. Pa’ que nos invités a un par de combos. — respondió Mestre

—¡Sí!, eso —dijo casi con emoción Santa.

Al fin llegó. Su corazón casi explota cuando ellos se fotografiaron con él y le firmaron los tres CD’s. Hasta Dan, el vocalista, le preguntó con su extraño acento que a cuál de las presentaciones iba a ir. Los cuatro le aseguraron que lo esperaban este viernes. Subió sus ciento diez kilos por las escaleras, los movilizó rápido,  intranquilo, afanado hacia el MacDonalds allí vio a sus amigos. No los quería hacer esperar mucho, por más que quisiera no podía. Ahora al gordo le tocaba jugar el juego que ya conocía.  Entrar en la escena y esperar a que las cosas no salieran tan mal. Al fin y al cabo había hecho lo que le había pedido y lo había hecho bien. Pidió una Big Mac doble queso y tocineta con una malteada de fresa y aros de cebolla. Mestre y García pidieron lo mismo. Ellos no hicieron ademán alguno y él pagó la cuenta de todos. Claro.

—Gordo, tenemos un problema —le hablo García cuando Santa sentía que le pasaba su brazo por encima. Le aferraba y le sacudía.

—¿uhm? Las hamburguesas están buenas —dijo Santa mirando a lado y lado. En cada flanco uno—, ¿no?

—¡BUENAAAS, BUENAS! ¡SOY EL TIBURÓN TRAGÓN!—Empezó García a imitarlo gruñéndole con la boca llena y casi pegandola a su mejilla. Mestre no se quedó atrás, se levantó un poco para que el gordo le viera bien la boca abierta y llena de comida cuando meneaba su cabeza. Se les veía todo el bolo alimenticio, la baba casi caía por la comisura de sus labios. A santa las manos le sudaban. Los de las otras mesas miraban con cara de cosas de niños al fin y al cabo.

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           —Vos siempre pensando en comida gordo hediondo. —remarcó después de tragar Mestre. Santa se rascaba la nuca untándose un poco de salsa el cuello de su camiseta.

—No seamos tan bruscos con nuestro amigo. No hay que hablarte tan duro —agregó García y mirando a los ojos a  Santa siguió—. Man, lo que pasa es que tengo que llevarle un CD autografiado a mi novia y solo tengo el mío. Pero sabés, tengo la vuelta ya hecha. Me das tu CD y puedes ir al concierto de mañana o, te quedas con el CD y no vas al concierto.

Al gordo Santa casi se le caen los aritos de la boca.

—¿Cómo así? —preguntó Santa—, ¿por qué?

—¿Qué? ¿Escuchaste un por qué García?

—Mirá que mi CD dice para Checho y está viejo. —se afanó Santa en contestarse— Man, por favor. Es que fue el primer CD que me dio mi mamá. E inmediatamente se dio cuenta de su cagada; ahora García tenía más de donde agarrar. Otra vez perdía el juego.

—¡Gordo marica! ¡ME LO DIO MI MAMI! ¡ME LO DIO MI MAMITA! —lo remedó gritando Mestre—.

­­          —Es así, porque vos no podés estar donde nosotros estamos. ¿Te acordás? Agradecé que te damos esa licencia. —terminó García cuando le daba unos golpes en la frente con el índice derecho.

—Yo pensé que era solo para la escuela —dijo lastimeramente Santa.

—¿Estamos? O qué pasa huevón. ¿Te vas a llenar de mocos? —cortó nuevamente García mirándolo con odio.

—Ta’ bien —murmuró Santa dándole un mordisco más a su doble queso. Sentía que sus ojos se encharcaban. Santa se consoló con la idea de que la novia de García tuviera su CD. Ella le gustaba y en el concierto la podría ver.

Y la vio. El viernes, el gordo Santa era de los primeros en la fila. Allí llegaron Mestre y García. Y las novias de estos. La monita de pelo alborotado y mal peinada, cara fija y ojos azules como el hielo. La rubia chiquita y delicada que él siempre había visto desde lejos, se le plantó enfrente. Era la novia de García, que  estaba flanqueándole el lado izquierdo, y que no se la presentó. García apenas le levantó la cara como saludo. Allí se quedaron todos. El Gordo se descuidaba y miraba. Estaba nervioso, no por Mestre, no por García sino por la monita. Sentía vacío en el estomago, sentía como ganas de vomitar, sentía que sus tripas se revolvían, sentía que sudaba, se pasaba la mano por el pelo.

—¿Te gusta? —preguntó García. Santa se hizo como si no oyera— ¿Querés verle el culo?

García le arrancó de un manotazo los audífonos de las orejas.

—¿NO me oíste o qué?

—¿Qué pasó? —preguntó Santa tragando saliva y pasandose la mano por el pelo. Una enésima vez.

—Ahora te me vas a hacer el marica. ¿Sí? —contestó García— mirá. Y la empezó a besar. El gordo vio como García separaba su boca de la de ella para empezar un juego con sus lenguas. Miró a los ojos de García cuando este, sosteniéndole la mirada, le agarró el culo a la monita. Sintió calor cuando Mestre se acomodó detrás haciéndole con García un sanduchito. Santa no pensó que ella se dejara esas cosas, que ella hiciera esas cosas. Soportó al final la risa de los cuatro. Como buscando refugio, él clavó la mirada en la novia de Mestre. Solo encontró desprecio como respuesta. Su CD perdido.

Días después del concierto —en el que él estuvo solo. Después de entrar no volvió a ver a sus amigos. Siquiera intercambió un par de frases con alguien—, mientras bajaba las escaleras, vio que García mostraba su CD a los otros. Su rostro dejaba ver su incomodidad. Cuando lo vieron pasar se rieron. Una sensación a vomito dominaba su cuerpo mientras su frente sudaba. Sintió sus manos calientes y sus piernas apretadas.

—Entregámelo —dijo el Gordo— y moviéndose rápido lo tomó.

—¿Qué hacés gordo hijue’puta? —le gritó García mientras lo pateaba. Una, dos, tres veces. El gordo solo lo miraba sin decir nada. Los demás reían.

Mestre lo empujó fuerte por la espalda. De repente Santa agarró a Mestre, lo levantó del suelo y lo tiró por los aires contra las escaleras. Volvió por él y lo volvió a tirar. Las risas se callaron. Mestre estaba solo —García había huido— con Santa que lo orinaba y reía. Mestre olía el acido de la orina, oía la chillona risa del gordo, vio también como este se subió el cierre, como acarició otra vez el CD, manipular el volumen de su IPod y al fin, hasta se dio cuenta de lo roja que tenía la cara el gordo. Lo que Mestre no pudo entender fue que Santa se fue pensando en el coro de Nobody Lost, Nobody Found, cambiándolo, porque para el gordo ahora debería decir »…Burning in the face of hate».

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una foto de: Benjamín DÍAZ GYGER
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