Un salto por el cementerio

Abrí la puerta del cementerio hacia mí y dí unos tres pasos atrás.  El retroceder junto al peso del hierro me dieron la impresión de mandarme a mi pasado. El olor a óxido de la verja era intenso y proyectaba una imagen de lugar abandonado. Su ruido insoportable durante el movimiento intensificó mi impresión desolada. Al cerrar la puerta detrás de mí con la poca fuerza que me quedaba, me paré y junté mis dos piés de manera firme. Respiré profundamente. Mi sensación cambió. Delante de mí, admiré el paisaje de colores y la tranquilidad que el lugar, montado en la colina del pueblo, me ofrecía. En frente, los pequeños caminos minuciosamente limpios digirían al visitante hacia las zonas de enterramientos individuales y comunes. El camino era un rompecabezas perfectamente compacto que estaba compuesto por piedras blancas y llanas de varias formas y tamaños. Esa armonía me hizo pensar en el ser humano. Todos somos diferentes y todos, en nuestro rumbo final, venimos a parar al mismo sitio formando parte de una tierra también consistente. El camino se encuentra encima de una masa inmensa de césped de color verde joven y brillante. También las flores y las plantas que penetran esa hierba desprenden un olor de primavera que hacen que el visitante entre en una nube de enamoramiento floral.

De repente sonreí y olvidé la tristeza que venía conmigo. Un grupo de palomas volaron sobre mi sombra negra plasmada en el suelo y la saludaron con el ruído que sale de sus picos.

—¿Y por qué un grupo de tres?, me pregunté.

Puede que sea la imagen simétrica de los miembros que formábamos con mi familia. “Él, ella y yo”. “Él, ella, y yo”. Lo repetí una vez porque tenía su significado el repetirlo. Las palomas desaparecieron detrás de una hilera de árboles altos. En ese momento y como para sentirme acompañado, un gato de color beis pasó por delante de mí. Su olfato pegado al suelo me guió en el camino que debía tomar.

Me tragué un puño de aquel aire tan sano y decidí moverme. Avancé paso a paso. El silencio de aquella colina era tan completo que me sentí en paz conmigo mismo, durante un instante, dentro de aquel parque que rodea las tumbas y la fosa común.

Cuando un cuervo sobrevoló mi cabeza, me asombré y tuve miedo. ¿De dónde podía salir semejante pájaro? ¿Quizás estuviera esperándome para anuciarme algo bueno? ¿Qué tipo de noticias se esperarán en un cementerio?

cementerio

Preferí no imaginar la respuesta. El libro de Süskind confundiéndolo con el cuento de la Paloma me vino en mente. Tuvieron que haber sido las palomas, las causantes del intercambio de emociones. La melodía interrumpida que salía de la garganta del pájaro negro no compaginaba con el día de sol tan impresionante que se vivía en aquel mes de marzo. A pesar del respeto que le tuve al carnívoro, me dije que debía de continuar hasta llegar frente a donde me había propuesto llegar.

Detrás de un muro que escondía un pequeño patio con un suelo de cesped cortado muy raso, la aparición del ruído de una fuente me puso de buen humor. Rercordé que siempre me había gustado ver correr el agua y sentirla por la piel de mis manos, mientras fregaba la loza de su casa. Al bajar las escaleras que seguían ví a la única persona allí presente. Era hombre mayor  que se agachaba como podía para plantar unas flores en la tumba de un ser querido. En ese momento, me ví proyectado a mí mismo en el abuelo. ¿Pero para quién plantaría yo flores en este cementerio? ¿Y de hecho, abuelo yo? ¿Pero si no estoy ni amarrado a alguien?

Lo miré y sin darse cuenta de mi presencia, empezó a hablar con la tumba. Durante unos minutos estuvo manteniendo una conversación con las flores que salían de la piedra. Mi teléfono sonó. Un mensaje. A pesar del efímero pitido del aparato, el señor se giró con destreza. En la distancia, le pedí perdón con una sonrisa y miré la pantalla de teléfono. Leí “Hemos empezado con los preparativos del entierro”.

Un perfume de libertad sobre aquella colina me empujó hacia la puerta sur del cementerio. La abrí y al tocarla, me dí cuenta de que la acababan de pintar. El verde oscuro de la puerta se pegó en mi mano derecha. Me dije que este sitio no estaba tan abandonado como pensaba y me prometí volver algún día. Algún día muy cercano.

 

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER 
Una foto de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA
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