Querido JM.

A un amigo no se le debe pedir perdón por alejarse de tanto en tanto. Aunque ahora no estoy tan seguro. ¿Hace cuánto que no te escribo? Las personas con el tiempo cambian, ¿no? Y ése es ahora el asunto. Tengo un problema con las personas que me rodean y el tiempo. Tú que me conoces, que conoces también —y tan bien— a mi familia. Tú que has sido la persona con la que he compartido secretos, hoy, más que nunca, siento que la distancia no es óbice cambiar esa buena costumbre. Me arrimo a ti sobre cualquier otro para darte a conocer el lío que no sé cómo manejar y que me rompe. Espero que mi amigo de siempre esté, una vez más, allí donde lo dejé para ayudarme. Porque vos sabés la facilidad que tengo para convertir una situación normal en algo lejano a esa palabra.

Antes debo decir que conociendo tú la fascinación loca de mi papá por esos relojes y el trabajo de mi mamá. Ahora en Bgt la casa está llena de las cosas que pueden caracterizar, sus gustos por un lado, y su trabajo por el otro. Muchas veces pienso que mi viejo fue un adelantado a su época. Su encanto por los relojes y la ubicuidad de ellos en la casa, es igual a la que ahora tenemos nosotros en todos los aparatitos que nos llenan la vida. El reloj de carro, el de la estufa, el de la nevera —que nos avisa cuando alguna comida se nos va a echar a perder—, el de la computadora —que casi nos trae el apocalipsis—. Pero a diferencia de esos relojitos inocuos, vacíos, vacuos y silencios que llamamos digitales, que funcionan con electricidad o con baterías, muchos hechos de cuarzo; los de mi padre son mecánicos. No te llegas a imaginar, hablando de la afición de mi papá, como está el apartamento que tiene menos espacio que la casa que conociste en Nv. Tiene una suerte de relojes en cada uno de los rincones, paredes, y sitios que le conforman. Solo al franquear la puerta te encuentras de frente con un magnifico reloj blanco —nuevo para ti, lo compró a los pocos días de llegar a Bgt— con sus números romanos y sus manecillas negras. Un reloj de esos que llama mi papá modernos. De esos en donde usan el símbolo IIII y no IV. Al lado izquierdo de esta hay un reloj de pie, esos de péndulo que hacen mucho ruido, al cual él da cuerda puntualmente —valga la redundancia— cada lunes. En la mesa de centro de la sala típica, están otros relojes. Relojes de toda índole. Todos mecánicos, claro, de los mal llamados de cuerda. ¿Te acordarás de la cátedra que te dio el viejo sobre cuales son a los de cuerda, cierto? Esos que necesitan una fuerza interna para mover todo ese inextricable conjunto de piezas metálicas. Fuerza que es proporcionada sea por un muelle motriz, sea por un peso conectado por cables o cadenas. Pues los relojes hacen que la música de la casa sea el trasegar de los segundos y el ruido de sus máquinas. Maquinas que están hechas para uno de los trabajos más inútiles del mundo, contar el tiempo. Y el infinito contacto entre la rueda de escape y el ancora produce ese murmullo particular que de vez en cuando se le mete uno adentro porque el  ambiente está siempre repleto de tic tacs. Un sonido eterno, incansable y terco como el tiempo que los mismos relojes tratan de medir. Un sonsonete que se vuelven un solo tic tac omnipresente por la cantidad absurda que de ellos hay allí y acá. Ese sonido que dependiendo del momento se  vuelve susurro que adormece, o un ruido que te desvela. Un ruido o un sonido, como lo sientas, en el que, un día fatuo descubrí mi poder. En ése poder está también concentrado mi problema.

Querido JM

Mira JM, no habían pasado muchos días acá en Bgt, en un día como cualquier otro en el que mis padres me estaban hablando como hace mucho tiempo no lo hacían. Me daban lata porque, según ellos, me había demorado mucho en volver a casa. Exageraban. ¿Qué son unas cuantas horas? Mientras ellos hablaban de días. Pero cuando ellos me señalaban los diferentes matices de mi personalidad, o de mi comportamiento, que no les parecían bien, de mis actitudes y de todas esas cosas que los padres de uno empiezan a saber o a descubrir de sus hijos cuando ya son adultos y estos no les salieron como ellos pretendía o querían. Y como cualquier ser humano, no buscan las culpas en ellos mismos como padres si no que se las achacan a otro, en este caso, a mí. Esa tarde en la que yo, sentado estoicamente recibía los comentarios bien intencionados, pero con poco fundamento de mis padres. Esa tarde en la que sentado escuchándolos oía el zumbido de los relojes de mi papá; esa misma maldita tarde en la que yo miraba fijamente un reloj que había en el cuarto de estudio; ese réprobo momento en el que me descubrí sin oír más el zumbido de los relojes; ese nefasto instante en el que llegué a la certeza de que si me concentraba en el movimiento de los mecanismos interiores de ese reloj; de esas piezas diminutas que se podían ver debido al material de su caja; yo lograba hacer que el tiempo se detuviera. Sí así es. Sé que suena a fantasía JM y ni siquiera sé como demostrarlo, pero así es. Mira, después de que las manecillas de los numerosos relojes que mi papá tenía en ese cuarto fueron revisados por mis ojos uno a uno; enseguida de salir de la cocina y de haberlos encontrados a todos ellos en un silencio inquietante; después de que subí al segundo piso y revisé todos los aparatos para contar el tiempo que pude. Faltando el cotidiano tic tac, el que en ese instante había mutado por un zumbido sordo contario al silencio que yo esperaba. Como el que se siente subido en un ascensor. Un especie de silencio seco, sordo, con ese ronroneo característico de fondo. Entré nuevamente a la habitación con mis padres y les vi rígidos, les vi en la misma postura en la que los había dejado. Estaban tiesos pero no por ello faltos de vida. Y como cuando la primera vez que me dejaste manejar la moto, me asusté. Me espanté ante la idea de que no podía volver a tenerlos conmigo. Miré a la calle y todo lo mismo, todo estaba paralizado. Yo era capaz de detener el mundo, yo tenía la competencia de paralizar el tiempo. En ese estado de preocupación —por mis padres principalmente— y de éxtasis debido a que podía gobernar el tiempo, al menos eso creía ilusamente esa tarde infeliz, pero como bien te has podido dar cuenta, he sabido revertir el conjuro y logré con el pasar de los días y las prácticas, llegar a detener el tiempo con solo mirar el un reloj mecánico por pocos segundos. En solo cinco movimientos del infatigable segundero, yo logro ser el amo y señor del tiempo. Bueno, no, no amo y señor, solo puedo detenerlo. Te confieso que hice experimentos, algunos para atrasar el tiempo, otros para adelantarlo. Jugando con las manecillas, primero del reloj con el que todo comenzó, luego con los del resto de la casa, pero nada conseguí. Así pues que solo podía detener el paso del tiempo para los demás. Solo eso. Y quise ser proactivo. Como si alguna vez nosotros en la vida pudiéramos saber que puede pasar en el futuro, pero bueno, digamos que la proactividad nos da una ilusión y es la de que nosotros podemos manejar el futuro. Que está en nuestras manos cambiarlo. Y yo me pegué a esa vana ilusión. Te acordarás del truco en el circo; ese cuando montan a un miquito con un manubrio encima de un tigre y él, tan inocente, cree, jura, que va manejando el tigre. Adivina ahora quién hace de mono.

JM primera tarde en la que descubrí mi poder y después de que mis padres «volvieran» a la normalidad; que logré después de volver a mirar el reloj aquel y desear con fuerza de que se moviera. Todos los tic tacs se volvieron a escuchar, los péndulos oscilaron, los muelles motrices volvieron a generar la usual fuerza para continuar con el perpetuo movimiento que le imprimían a sus manecillas. E instantáneamente mis padres volvieron a hablar conmigo. Pero de otro tema, y ése pero es grande JM, es enorme. Descubrí que, después de hacer mis ensayos, las personas a mi alrededor cambiaban. Algunos de esos cambios eran visibles. De repente el portero del edificio tenía bigote, mi mamá olvidaba lo que estaba hablando —o eso creía yo— y hablaba de otra cosa. El perro del vecino no era un labrador si no un terrier y cosas por el estilo. Nada de lo que me rodea es como antes y me rompe. Yo necesito y quiero y extraño lo de antes. En la búsqueda frenética que desarrollé para volver a mi presente; el único resultado que he conseguido ha sido perderme en una suerte de presentes paralelos en donde solo yo no encajo. Los nombres de las panaderías, de las tiendas, el color de los buses, de los taxis, el mismo edificio, la distribución del apartamento y hasta el del parque —que ahora ya no es a los mártires franceses—. El barrio entero es diferente, tiene otro cáriz. La integridad para mí ha dejado de ser eso. Ahora empiezo a entender a esos súper héroes que tanto nos gustaban de niños, esos que veían sus poderes como un castigo. Debo decir que así me siento JM. Y me veo ahora, escribiendo esta carta porque en mi intento diario por encontrar mi presente, o el presente en donde las cosas eran como yo las conocía. Estoy buscando a Chpnr, el mismo barrio en donde tú vivías como estudiante de arquitectura en nuestros buenos años. Ese barrio tan bgtn, ese barrio tan lleno de recuerdos, los recuerdos de mis visitas a Bgt a ver mis amigos, los recuerdos de borracheras incontables, los de incansables pogos, de fiestas, de «sigan, lindas chicas casi vírgenes»,  de caminatas por las calles intentando esquivar a los vendedores ambulantes que las atestaban hasta la incomodidad. Nuestra casa está (¿estaba?) en la calle 62 con Carrera 4, ahí apenas subiendo un para cuadras por la calle y antes de llegar a la Carrera 4 que, como te acordaras, en esa parte de la ciudad ya era la Av. Quinta. La casa —el apartamento—, como lo habrás de sospechar; está en el sexto piso de un edificio muy convencional que se sirve de un parque, el parque a los caídos franceses en la guerra de independencia —que yo desconocía—. Y más allá se lograba ver la Universidad de LaSalle. Pues todo eso ya no es así y además, hoy me he mirado a el espejo de mi madre y lleno de horror he visto la imagen que me ha devuelto no la reconozco. Ya no soy yo.

Desesperadamente,

R

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una foto de: Benjamín DÍAZ GYGER
Anuncios

2 thoughts on “Querido JM.

  1. Andreína abril 19, 2014 / 01:49

    Trabajo en una biblioteca y al rondar por las estanderías, Encontré un libro con este nombre, el cual me atrapo con sus primeras líneas sin embargo no estoy muy segura de que sea esté, pues no recuerdo muy bien el nombre del autor. Aún así por si es o no es, esté relato es realmente disfrutable.

    • El Galeón Fracaso abril 19, 2014 / 05:16

      Muchísimas gracias por el comentario. Como aún —esperando que eso cambie— no he publicado nada, este relato no puede estar en un libro. Me llena de alegría saber que lo disfrutó.

¿Te gustó? Sí, no... igual déjanos tus comentarios.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s