Una mañana de domingo londinense

El mundo recuerda el último día del mes de agosto de 1997, tras el anuncio de la muerte de la Princesa de Gales. Esa mañana temprano, el rumbo de la Historia iba a cambiar para siempre; también el de Robert. Eran las cuatro de la mañana pasadas cuando Robert se levantó con dolor de cabeza provocado por un champán barato. Al vestirse y perdiendo el equilibrio, se despidió con una mirada infeliz del cuerpo desnudo de su vecina de piso, que yacía acostado en la reducida cama de aquel claustrofóbico cuarto de hostal londinense. A duras penas entró en su cuarto que estaba al fondo del mismo pasillo y apagó la radio que había permanecido encendida toda la noche.Cogió el champú y una toalla todavía mojada junto al lavabo y se metió en las duchas individuales del corredor.

Robert solía despertase de manera automática a las cuatro de la mañana para abrir los desayunos de un hotel de la ciudad. Se metía con los ojos cerrados en las duchas compartidas y antes de entrar en su cuarto para vestirse, solía encontrarse en los pasillos con alguien que retornaba de fiesta y que seguramente se había dejado sorprender por la noche insólita londinense. A esas horas, cuando se cruzaba con un alma perdida por los pasillos de aquel albergue de color clínico, se producía en su interior un extraño sentimiento que le recordaba el adiós a la juventud. No entendía como otras personas podían disfrutar al máximo de la libertad de la ciudad, cuando al mismo tiempo, existía gente como él, que debían tanto madrugar para que el engranaje de sistema se sostuviera. Un pasado sin orientación y un inexistente asesoramiento familiar hacían que Robert se sintiera esclavo y prisionero de su propio destino.

Ese día, domingo, y sin haber bien mirado el reloj, Robert llevaba unos veinte minutos de retraso en comparación con su horario habitual. Salió de su cuarto, y bajó las escaleras de los cuatro pisos de la pensión. Lo preocupante fue que esa mañana, no sé cruzó con nadie. Salió por la puerta principal y se enfrentó con un aire congelado a pesar de ser verano. Robert se congratuló por haber agarrado su chaqueta inglesa. Caminó hacia la estación de metro, que a estas horas seguía cerrada y tuvo un extraño presentimiento al girar hacia la calle de Bayswater Road. Esta vía ancha solía ser una de las arterias más concurridas de la ciudad a cualquier hora del día y de la noche. La anchura del gran bulevar, permitían un ir y venir incesante de autobuses, de coches de turismo, de motos y de bicicletas. Siempre había sido considerada una de las arterias claves para llegar al corazón de la ciudad sin el riesgo de coagulación. Incluso a estas horas tempranas de cualquier fin de semana, el flujo de autobuses nocturnos solían ser como la corriente del agua de un río.

En cambio esa mañana, a esas horas, no había señal de movimiento ni de vida humana. Robert tuvo la impresión de estar completamente solo y en medio de una de esas películas apocalípticas. El viento era el único fantasma que hacía dar vida a las hojas de los árboles en hilera. Las luces de las tiendas y los restaurantes de la arteria seguían apagadas y el transporte público sobre ruedas no había despertado. Subió la avenida temiendo que no encontraría a un taxi y temió abrir los desayunos del hotel con mucho retraso.

Foto para Una mañana de domingo londinense

En la acera de la vía, el viento le daba en la cara, y de vez en cuando miraba hacia atrás para ver si algún automóvil aparecía. De repente, dos luces surgieron de la nada. Un taxi londinense, de los legales. Desesperado, y todavía afectado por la noche pasada con su vecina, Robert saltó de la acera al asfalto para detener el vehículo. Este paró. El hombre escondido bajo una boina le preguntó que a donde iba. Robert le respondió: “Al Langham”. Con voz triste y seca, el hombre le dijo que subiera. Robert se acomodó en el sillón trasero y admiró por la ventana, la imagen apenada de ese día que el mítico Hyde Park proyectaba. Entre los dos hombres, les separaba la ventana de metacrilato. El conductor escuchaba una música melancólica en la radio. Antes de llegar el hombre le interpeló por las noticias. Robert dijo que no sabía a que se refería. Su tono lúgubre anunció la muerte de Lady Di que había tenido lugar en París la misma mañana en otra gran avenida.

Robert se excusó de no haber bien entendido la noticia. El hombre volvió a repetir y Robert entró en una fase de autismo. Por un instante, su cerebro no aceptaba el significado de las palabras que habían entrado por el orificio de sus orejas. El silencio derrumbó la poca conversación que había habido en ese taxi. Al llegar a la parte trasera del hotel, Robert pagó y le dio las gracias. El hombre conmocionado, dijo: «el rumbo de la corona británica cambiará. Han sido ellos los culpables» y desapareció con suma frustración dándole un golpe al pedal del acelerador. Robert con perplejidad se giró y entró por la puerta de personal. Se metió en el vestuario y se dirigió directamente a la cocina de la sala de desayunos. Al abrir la puerta, dos chicas, colegas inglesas rompían el acostumbrado silencio de las cinco de la mañana con llantos histéricos. Robert se excusó por su retraso y preguntó lo que estaba pasando. Ninguna de las dos respondió, pero la mujer sudanesa que había terminado de barrer la sala del comedor, entró en la cocina, y miró a Robert. La mujer de color, sin ningúntipo de intercambio verbal, atravesó el espacio y desapareció diciendo: «el destino de Gran Bretaña ha sido golpeado. Éste país, y el mundo entero, no será nunca ya, lo que hubieran podido ser».

Ese día Robert abrió los desayunos con una hora de retraso y al final de ese horrible día le entregaron la carta de despedida. Por la tarde y al llegar a su guarida, volvió a leer la carta y se echó a llorar. Robert no supo distinguir si el derrame de las lágrimas era debido a la gran dama de Inglaterra o a la pérdida de su empleo precario. De repente una voz tropical llamó a su puerta. Era su vecina.

El desánimo de un día espectral en su vivencia londinense fue enterrado al menos durante unas horas. Pero lo que Robert no sabía es que también ese mismo día, su vida tomaría otro rumbo; el del amor que recordaría para siempre.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER 
Una foto de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA
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