La Vuelta

            Mientras aguardaba a que el tiempo corriera y sintiéndose pesada, ella se sentó. Empezó a reparar en su habitación: era grande, de paredes color crema, fresca debido a la altura de su techo y bien iluminada por los ventanales que daban al exterior. Se fijó luego en las flores, esas que llenaban su habitación, esas hermosas flores que hoy no le decían nada, tanto que le gustaban y ese día no soportaba su olor. Tampoco encontraba en sus colores ninguna conexión, ningún mensaje. Ese día no.

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Las flores ni la confortaban ni tenían significado para ella en este trance. Solo en los instantes en que su pena la dejaba —o cuando con esfuerzo lo lograba— y hacía que su cabeza pensara en otras cosas. Se cuestionaba, por ejemplo, sobre el significado de esas flores: ¿para qué están estas flores? ¿De qué me sirven? Si hasta le era difícil soportar la mezcolanza de aromas sin sentir ganas de vomitar. Se permitió una broma cuando mentalmente se dijo que no solo los hombres viven pendientes de las proporciones. ¿Será que ellos tratan de impresionarme con el tamaño de estas coronas? ¿Qué significaban esas flores para su hijo ahora? ¿Qué le decían hoy a ella?

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Una enfermera entró y le recomendó que diera un corto paseo, cosa que ella no quería. A pesar de la luz y el aire exterior que entraba, la enfermera insistió agregando que era bueno mover las piernas, cambiar de aire, al fin, ya llevaba casi quince horas sin moverse de esa habitación.Ella obedeció como una autómata empezando a llenar los pasillos con su caminar lento, pesado, torpe. Cansino. Cualquiera que la hubiera visto hubiese podido leer en sus movimientos que ella necesitaba realmente pensar para dar cada nuevo paso. Ella sentía que esta sensación nunca iba a acabar. Solo su criatura estaba omnipresente. Iba apoyada en un brazo que la soportaba y la animaba. Era el brazo del padre de su hijo. Ella se decía que estaba allí para prolongar la vida así tuviera que sacrificar la propia en lograrlo. Es muy duro, es muy difícil, se repetía. ¿Así debe ser la vida? ¿No hay manera de evitar este cáliz? La respuesta que la rompía, tanto como las contracciones, era un absoluto no.

 

Foto para La vuelta
Foto para La vuelta

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Ella, sentada, lograba durante unos segundos volver a tomar distancia de ese suplicio, de ese vacío en su pecho. Esperaba el fin. Aguantaba por esa porción de tiempo definitivo en que todo esto… ¿Acabaría? Una madre que cavilaba por el significado de su hijo, como él había crecido, el tiempo en que se este se había desarrollado. Esta madre rememoraba igual sus propios cambios; en su cuerpo, en su manera de pensar, en su forma de ver la vida, las enseñanzas aprendidas a través de él, sus inseguridades, sus miedos. Los reemplazados por otros. Tenía presente tiempos felices, cortos, muy cortos, infinitamente cortos, que había tenido con su bebé. Le llegaban flashes de los no tan dichosos cuando él fue niño, adolescente, joven y nada más. Esas y otras imágenes se paseaban por su cabeza veloces, sin orden, sin precaución, como un mosquito que en las noches no deja dormir. Veía que los otros se servían café, los oía hablar, cuando a ella no le quedaban ganas —acaso fuerzas— para decir nada. Sonaba como si hablaran en una lengua extranjera, cuando los sonidos pasan sin penetrar los oídos. Eran personas que iban y venían, que pasaban a saludar, a acompañar. Y bueno, se preguntaba ella, ¿qué más podrían hacer? Ella notaba que con esa gente, que eran sus conocidos, sus amigos, los de su hijo, su familia, que estaban todos a su lado; no tenía ningún nexo. Tanto los dependientes del lugar como sus allegados, le pedían que comiera y bebiera algo. Le decían como hacer esto o aquello, algunos más atrevidos, le indicaban hasta cómo y qué debía hacer para continuar. Ella solo atisbaba a sonreír con la típica mueca halagüeña que por educación estaba acostumbrada a mostrar.

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La partera le avisó de que había llegado la hora. Era el momento esperado. Allí estaría ella, y su sensación de abandono, y su hijo.

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El dependiente le susurró que todo estaba preparado, que tal como ella había dispuesto podrían estar presentes solo el hombre que estaba junto a ella, «el papá» y un puñado de acompañantes más. Ella sintió que al levantarse algo se quedaba allí en esa silla, en ese lugar.

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Se oyeron sus aullidos de dolor, dolor que le retorcía las entrañas. Un dolor que —si cabe una mínima explicación— era como una mano invisible que le tomaba todas sus tripas y las halaba hasta hacerlo inefable. Una madre sola en la compañía de otros. Personas que le hablaban, que le seguían diciendo qué debía hacer, que le indicaban como debía cumplir con su tarea. Ella ni siquiera buscaba en sus caras algún consuelo, a lo menos, todas ellas se le aparecían lejanas y ajenas; no entendían, no era posible. Mejor así. Una madre dejada a su suerte. ¿Cómo consolarla o ayudarla o menguar su pena? Nunca habría manera. Peor así.

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Uno se vacía para que el otro se llene. Como la arenilla que cae sin cesar, que pasa por el diminuto hoyuelo hasta que el último grano se precipita en el reloj que debe dar la vuelta para volver a empezar.  En ese mismo instante, un silencio aturdía los oídos de esa madre que estaba agarrando un brazo cualquiera cuando sus piernas le fallaban. Así mientras una madre que se estremecía por el calor del fuego que consumía a su hijo la otra madre —que también agarraba el brazo cuando sus piernas, igualmente, le fallaban— oía el canto feliz en forma de llanto de su bebé recién nacido.

Sus semblantes congestionados: la madre que en la sala de parto abrazaba a su hijo recién nacido.Una madre en la sala de cremación abraza, también, a su hijo ahora en una urna.

 

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una foto de: Benjamín DÍAZ GYGER
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2 thoughts on “La Vuelta

  1. Juan Mario Galdeano mayo 17, 2014 / 11:08

    Juan Carlos
    Me gusta leer relatos, me gusta este formato de literatura, ilustrada con fotografías. Me agrada porque no solamente recorro un hecho narrado, sino que el texto engarzado a una imagen, despierta otros sentidos en mí. Me complace vuestro sitio. Está construido con ganas de hacer literatura.

    Saludos desde la ciudad de Neuquén. 17 de mayo de 2014. Juan Mario Galdeano.

    • El Galeón Fracaso mayo 17, 2014 / 11:52

      Muchísimas gracias Juan Mario. Espero —y Benjamín me acompaña en este deseo— no quedarme solamente en las ganas de hacer literatura.

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