El poder del polen

Cengiz, mi amigo turco, y yo, nos dirigíamos hacia la salida para abandonar la cafetería. En la puerta, giré la cabeza, nos despedimos del cafetero y del olor a café barato. Al salir del local, miré a mi amigo, y sin decir nada dudé en volver atrás y meterme en el baño a orinar. El café, el agua y la gaseosa habían llenado mi vejiga. Una galería llena de anticuarios unía la cafetería con una de las calles principales de la ciudad.  Nos metimos en un negocio de libros usados y, arrastrando el desinterés de mi amigo, pregunté si tenían libros en francés o en español. Salí decepcionado. La corriente de la calle principal hizo que nos mezcláramos con la multitud. El reloj de la torre marcaba las doce pasadas. El sol radiaba en las caras de los pasantes y las grandes macetas con flores adornaban las calles de aquella ciudad suiza  desconocida. El aire de primavera salía hasta de los adoquines. Desde que había salido del café, había tenido la sensación de que mi cuerpo no funcionaba como siempre y que mi bajo vientre tomaba los mandos de mi sistema operativo. De pronto vi claro que las órdenes recibidas por mi cerebro, eran producidas por mi vejiga.

—Cengiz, tengo que mear ya —le dije a mi amigo. 

Mi temor era que si no encontraba una vasija donde desahogarme, al instante, y con algo de privacidad, mi bolsa explotaría en la propia calle y dejaría correr la orina ensangrentada, por todas mis piernas. A mi edad, debo admitir que nunca había vivido una experiencia con tanto pánico y tanto descontrol. Me sentí como el personaje de la imagen del grito de Munch. Pensé que quizás el espíritu malvado de algún fantasma había entrado por mis venas y se había apoderado de mi cuerpo. ¿Quién me estaría dirigiendo? ¿Quién me estaría controlando?  Sintiendo que ya no era dueño de mí ni de mi mente, deseaba saber lo que me estaba pasando. 

Una angustia, jamás vivida, me invadía y le pedí a mi amigo que buscáramos el café anterior para entrar sin descaro a los baños. Me vi en la piel de un drogadicto al que a falta de su dosis cotidiana se desespera. Al volver a  ver la estrecha calle de los anticuarios, entré y corrí hacia el café. Sin saludar al cafetero, tomé las escaleras que bajaban al baño y mi amigo, separándose de su armadura de perro fiel, me dijo que me esperaría fuera. Yo, poseído por ese  miedo desconocido, y como un niño le supliqué:

—¡Baja conmigo por favor!

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Foto para El poder del polen

Mi amigo me acompañó y con resignación se forzó a orinar conmigo de manera solemne. Saqué mi miembro y asombrado por la mínima aparición de éste, pensé que mi cuerpo lo había absorbido y que no orinaría. Entonces, ahora sí me volvería loco para siempre. ¿Quién me sacaría de ésta? Pensé en alguien llamado Dios y pedí ayuda mostrándole en el aire el interior de mi mano izquierda. De repente, logré calmarme y oriné sintiendo algo parecido a un orgasmo. Pude descubrir que mi órgano aparecía justificando su función. Al terminar, me lavé las manos, me miré al espejo y el reflejo que se me presentaba era la de un hombre pálido y diferente al que yo conocía. Miré a mi amigo con muchísima vergüenza y pidiéndole disculpas, le propuse acercarme a la farmacia más próxima. Mi amigo, sin comprender lo que me estaba sucediendo, pero con una inmensa fidelidad, me dijo que la buscáramos. Sin mirar hacia atrás, salimos del café. Pensé que me podía haber ahorrado todo este viaje psicótico si hubiera aceptado con indignación la cara débil de la duda. Nos incorporamos a la corriente de la calle y la luz del sol nos volvía a saludar. En ese momento pensé en el Dios que me había sacado del pozo y, mirando al cielo, hice un guiño pensando en que probablemente lo merecería. Me sentía mucho mejor pero algo desequilibrado. No de la mente, o quizás si, pero sobre todo físicamente. Pasamos por delante de varias tiendas, antes de llegar a la farmacia. Supongo que fue el olor de la comida asiática del restaurante junto a la farmacia, la que me condujo a buen puerto. Mi amigo, apasionado por la comida, me dijo que me invitaría a comer después de la visita al farmaceutico. Al entrar en la farmacia me senté y mi amigo habló con una de las empleadas. 

Una mujer vestida de blanco angelical y con pelo corto salió de entre dos paredes superpuestas pero algo transparentes. 

—Desde que lo vi entrar sabía que necesitaría un vaso de agua. ¡Beba tranquilo !

Me tomé el agua del vaso de plástico como si fuera el último. Al devolvérselo vacío, me preguntó que me había pasado. Después de diez minutos de escucha, la mujer me miró de manera extraña. Antes de levantarme de la silla, le conté que era alérgico al polen y que como en la mañana había sufrido mucho con mi respiración y mis ojos, había ingerido dos pastillas en vez de una recomendada. Fue ahí cuando, mordiendo su labio inferior, las luces de la profesional se encendieron y encontrando una respuesta a mi caída. 

—¿Me pude usted dar el nombre del fármaco ?

Al momento de responder, la mujer, que olía a un perfume más bien masculino, me comunicó que en ciertas ocasiones, este producto puede conducir a paranoias o incluso a la depresión. Ella parecía acostumbrada a informar con tanta naturalidad, pero yo, asustado y con una risa tonta al comprender la reacción desconocida de mi cuerpo, le pregunté si esto era lo único que me había podido causar cierto trastorno. 

—¿Cree usted conveniente que me haga una prueba de sangre? ¿Tendré anemia? 

Ella lo negó. Incluso quise ir más lejos, preguntando si ella veía la necesidad de consultar un médico o un psicólogo. Ella, sonriente, volvió a negar. Me advirtió de que si la receta decía una píldora cada doce horas, tenía que respetar la palabra del asesor. La miré y le di la razón como un niño pequeño y sumiso. Salí de la farmacia a los veinte minutos y sin medicación alguna. Di las gracias a mi amigo y me avergoncé por haberlo empujado en esta travesía paranoica. 

—Lo siento Cengiz. ¿Me perdonarás?— le pregunté. 

Él me contestó de que no era nada y si de algo servían los amigos, ésta era una de las razones que la justificaba.

Al cerrar la puerta de la botica volvimos a oler el pentagrama de sabores de la comida asiática. Mi amigo me obligó a sentarme en una de las mesas vacías. Me preguntó que quería beber.

—Nada. No sea que me acerque a la demencia —le contesté. 

No quería volver a llenar mi vejiga de manera inútil. Nos presentaron la carta y comimos a los diez minutos. Al pagar la factura le dije a mi amigo que no quería visitar nada en esta ciudad y que deseaba dormir un poco en su casa. Pensé por un instante que todo lo vivido no había sido real. Al meternos en su coche y sentirme herméticamente encerrado, sentí de nuevo una sensación de angustia.

Ese día me dije que no volvería a tomar más píldoras de ningún tipo, pero a pesar de tal radical decisión, las huellas de la jornada y el camino hacia la vejez, hacen que las paranoias me sigan todavía persiguiendo a fecha de hoy.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER 
Una foto de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA
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