Deseos

Ahí estaba yo el día de la cremación de mi amigo. Acompañando a su papá junto con sus otros panas, el cura del pueblo, un par de senadores cercanos la casa, el jefe de policía. En general, participaban también las personas más importantes del lugar acudieron a la obligación de estar presentes en último adiós que el gamonal daba a su primogénito. Despidiendo a Ariel. Yo dejaba ese país al otro día. Este era mi adiós también. Yo guardaba mis sentimientos.

Cuando leí la historia de Richard “Dick” Hickock y Perry Smith, a los diez y seis años, inmediatamente quise hacer lo mismo. Menos mal no me precipité porque hubiera fracasado como ellos en el afamado libro de Capote. Pero desde esa época empecé a armar una lista con los posibles puntos en donde ellos fallaron y en los cuales yo debía concentrarme para no errar. Pensé muchos años en los ¿qué pasa si? Como resultado logré depurar un plan sin fisuras. Ya con treinta y tres años era hora de que el barco zarpara. Yo vivía temporalmente allí y en ese país había decidido hacer mi primer ensayo. La primera tarea sería encontrar el candidato idóneo. Me concentré en ello: en buscarlo bajo los parámetros que había definido. Mientras recorría el norte del país, la zona ganadera del mismo, di con un buen ejemplar. Él se llamaba Ariel: alto, pelo castaño, siempre con barba de tres días; tenía veinticuatro años y era el hijo mayor de un rico hacendado y ganadero de la región. Su padre le había montado un bar cerca de una linda playa. «Mientras el muchacho asienta cabeza», me confesó un día. Yo empecé a visitar el lugar y a enfiestarme en él. Y una buena noche, en medio de la euforia de la misma, le propuse ser su DJ de los viernes. Y ahí me fui colando yo. Muchos viernes después de trabajar en su bar, su padre o él me invitaban a quedarme los fines de semana en la hacienda. Allí siempre había agite. Grandes comidas y asados con las llamadas fuerzas vivas de la región, es decir el alcalde y los senadores más otros políticos, el cura, el médico, el notario, el comandante de la policía y algunos oficiales del ejército además. De a poco fui entrando en la crema y nata de esa pequeña y rural sociedad. La misma gente con otras caras. Pero no todo eran bacanales. Nos gustaba disfrutar del campo y del mar. Hicimos muchas rutas en bici por las montañas que blindaban uno de los costados de la finca de su padre. Algunas veces hicimos caminatas con camping incluido al llegar a la cima de esas pequeñas montañas. Y el mar, siempre el mar. Allí Ariel me enseño a surfear, también aprendí la jerga de los marinos y a saber estar en un velero —el del papá de su amigo Pedro—. Una noche, después de un gran asado en la hacienda, llegamos a la playa y yo le dije: «En el mar la vida es más sabrosa». Yo se lo decía muchas veces, pero esa noche recuerdo que él continuó diciendo: «Qué bueno el mar, acá quisiera morirme». Mi cabeza se llenó con la idea de que hay que tener cuidado con lo que se desea.

Foto para Deseos
Foto para Deseos

Yo estaba alistando mi salida; cambiaba de destino, quería hacer una buena fiesta de despedida y pasarla con mis amigos, especialmente con Ariel. Le dije al médico, el papá de Pedro, que nos prestara el velero el viernes anterior a mi partida. La última fiesta. La fiesta fue fácil, la típica noche en el Iguana y luego, como a las doce y treinta nos fuimos de putas. Con Ariel y Pedro nos las llevamos a la marina. Pedro encendió el motorcito que ayudaba a sacar al ketch de donde estaba. Yo me encargaba de los tequilas. Ellos estaban listos. Le pasé una bolsita y Ariel me miró con los ojos vidriosos, estaba exultante y sacudiéndola recuerdo que me dijo: «¿Y vos qué?». «Quedate tranquilo» —recuerdo que le respondí—, «si te la paso es por algo ¿no? Tené cuidado que es tan colombiana como la putita que tenés hoy al lado». Ariel y el fuete.

Al rato Pedro tiró el ancla. La noche estaba despejadísima, limpia, tranquila y desde donde nos encontrábamos podíamos ver la luces del pueblo. Me acuerdo que a pesar de la hora y el barlovento todos nos quitamos la ropa. Vi a Pedro resbalarse cerca del foque y caer mientras correteaba a una de las dominicanas. Luego cuando bajaba por otro par de tequilas lo volví a ver tirado en medio de dos mujeres en la proa. La colombiana estaba en el sofá ya inconsciente. Antes de volver con los tragos encendí el motor y me alejé hasta que ya no se veían la orilla hice un par de ochos con el motor encendido. Ya no quedaba nadie más en función esa noche. Todavía no he podido olvidar su último «me vas a hacer falta, perro». Yo, en un chiste bobo, le contesté que se dejara de maricadas, que mejor nos diéramos un chapuzón. Aún recuerdo su mirada cuando oí su respuesta inmediata: «De una».

Al oír su entrada al agua yo le subí el volumen a la música —recuerdo que sonaba Once in a life time—, y alejé un poco el velero. Lo vi quedarse quieto un tiempo y gritarme pero sus mensajes no me llegaron. Luego empezó a nadar hacia el bote, la distancia no era mucha pero paró dos veces y cuando me vio solo me dijo, lo recuerdo claramente: ¿Jueguitos o qué?  Y yo en lo mío. Me divertía con sus lánguidos esfuerzos de alcanzarme. Seguí moviendo el pequeño ketch. Cada vez debía esperar un poco más a que se acercara. Vi trasformar su risa en rabia cuando los brazos no le daban más y se detuvo. Dejó de nadar y empezó a chapalear y a gritarme cualquier cosa en el agua. Yo no le entendía nada, solo oía el ruido de sus manos golpeando el agua. Cuando se quedo quieto pensé que ya había entendido que pasaba. Me equivoqué. Lo oí empezar a llorar y eso me desesperó más. Observé su último esfuerzo en el que con furia se dio a nadar y luego de un minuto ya estaba tragando agua. Gritaba por ayuda. Yo lo miraba divertido. Se hundió. Tengo la imagen del blanco que dejaron sus burbujas en el agua azul oscura del mar. Al fin dormí y le cumplí el sueño a Ariel. Sentí que el final pasó muy rápido, la verdad que más rápido de lo que me hubiera gustado. No lo puede degustar realmente. Pero fue mi primer ensayo.

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una foto de: Benjamín DÍAZ GYGER

 

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3 thoughts on “Deseos

  1. Loretta Maio octubre 20, 2014 / 19:55

    Buenas tardes, desde Argentina. Es un placer saludarte (gracias por seguir mi blog).
    Aún no me he detenido a leerte como corresponde, pero me ha atrapado la estética de tu blog…
    Pasé, y me quedé.

    Saludos cordiales.

    • El Galeón Fracaso octubre 20, 2014 / 20:07

      Muchísimas gracias Loretta. Un abrazo y esperamos que saques el tiempo para leernos. Haremos lo propio.

      • Loretta Maio octubre 20, 2014 / 20:10

        Sí, eso espero; esta semana quizás me encuentre con menos trabajo y pueda leerlos como se debe.
        Gracias, otro abrazo para ti.

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