Abandonada

Agata cerró la libreta del supermercado y acercó el bolígrafo a la cubierta. Al mirar el cuaderno comprendió que su historia debía convertirse en pasado. Miró por la ventana. El sol saldría en breve. Agarró el tronco de la lámpara de mesa. Cerró los ojos. Los abrió y soltó la lámpara. Apagó la luz. Volvió a mirar por la ventana. La luna había desaparecido y el viento entraba por la abertura. Saber la hora era lo de menos. Intuir cuanto tiempo llevaba escribiendo sin parar tampoco importaba. Encendió la luz. Observó el interior de sus manos. La palma izquierda sangraba de tinta seca. El reloj de pulsera sobre la mesa marcaba las cuatro.

          El día anterior en el supermercado, Agata había visto de lejos al estúpido del padre de su hija. Éste, con aires de dandi,  se paseaba sin temor con una pelirroja vestida de puta. El pánico había provocado su marcha rápida del lugar dejando la cesta de la compra llena. En la caja para no parecer una loca había cogido uno de esos artículos de venta fácil cercanos a la salida. Una libreta; sesenta céntimos de euro.

          La gata empujó la puerta. Agata se asustó. El animal mostró sus dientes como para saludar y se arrimó a las patas de la silla jugando con su cola. La botella de whisky cayó como un bolo y Agata se enfadó. Gritó a la gata inocente. La mujer tomó la botella vacía y la puso junto a las otras tres. El ruido confuso hizo que la niña se despertara. La niña llegó a los dos minutos y preguntó que pasaba. Agata escondió con dificultad la libreta entre revistas y libros desviando la vista de su gesto discreto. Miró a su hija y respondió con sinceridad:

—No lo sé.

—¿Escribes?—preguntó con curiosidad la niña medio dormida pero atenta.

—¡Sabes que lo hago todas las noches! —respondió la madre con una ligera tensión— ¡Me ayuda a dormir!

La niña acostumbrada, en los últimos meses, al mal humor de la madre sonrió de manera angelical aprobando su condición.

—¡Nunca te había visto escribir en un cuaderno tan ridículo! ¡Naranja y con espirales! —afirmó la niña.

Foto para «Abandonada»
Foto para «Abandonada»

          La niña avanzó hacia la luz del despacho y contó el número de botellas junto a la silla. El olor del albornoz humedecido por el sudor de la madre la arqueó. En cambio el perfume de las botellas destapadas la tranquilizó como si de un fármaco se tratara. Se acercó a la madre y antes de abordarla cogió su cabeza con sus dos manos y la besó. Junto al escritorio y en la penumbra, un frasco de píldoras y unas fotos estaban perfectamente colocadas encima de una silla. La niña se acercó. Agarró las fotos y las miró distante.

—¿Quién es este hombre en las fotografías? —preguntó incrédula.

Agata las había sacado cada noche para inspirarse y  para hundir aún más su dolor.

—¡Es tu padre, hija! —dijo reteniendo su emoción.

La niña que no lo conocía se llevó las fotos al pecho. Miró a su madre y sonrió.

—¡Es guapo!—dijo algo incómoda.

          Después de un corto silencio volvió a besarla. Le deseó las buenas noches y cerró la puerta sin volver. En la habitación, y a la espera del alba, dejó atrás a su madre junto a las píldoras, la gata, las botellas y la libreta.

          Unas horas más tarde los maullidos de la gata y los arañazos en la puerta del despacho alertaron a la niña. Entró de golpe en la habitación y la gata salió al pasillo. El olor comprimido de aire sin oxígeno y la oscuridad de la habitación la condujo a abrir la ventana y la persiana del cuarto. El ruido de los coches y las voces de los paseantes se oyeron de fondo. El viento entró con la luz del día. Al girarse, la niña vio a su madre boca abajo. De repente se tiró al suelo y agarró un hombro para mover el cuerpo desnudo.  Al darle la vuelta los ojos mostraban una mirada perdida. La libreta yacía pegada a su vientre caliente. La niña abofeteó varias veces a la madre y comprobó que ésta no reaccionaba. Con desamparo la niña empezó a llorar. De repente y bajo la histeria la niña vociferó: «¡MAMÁ, MAMÁ, no me dejes!». La gata entró y se acercó a las dos mujeres. Con el hocico mordió la libreta y al despegarse del vientre cayó al suelo. La cubierta se abrió. En la primera página la niña, entre gemidos y llantos, vio una fecha. Y a continuación leyó una palabra que encabezaba la primera hoja escrita de todo el cuaderno. Abandonada.

Fuera, en la calle, las bocinas hundían el lamento de la niña y marcaban el proseguimiento de otra mañana más.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER 
Una foto de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA
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