¿Cómo cuidar una esmeralda?

«Su nombre parece provenir del persa. Significado: “piedra verde”».

«La esmeralda ha sido siempre muy valorada, ya que, a pesar de que conocemos otras piedras cristalinas de color verde, ninguna de ellas es comparable en color y transparencia a la esmeralda. Pertenece a la familia del Berilio y tiene una dureza aproximada de ocho en la escala de Mohs».

«Únicamente el treinta por ciento de las esmeraldas extraídas en las minas son talladas para su comercialización en joyería, y de estas solo en el dos por ciento no se aprecian inclusiones a simple vista: de ahí su rareza y alto valor de cotización en el mercado».[1]

        Ella dice que la situación no se pueden manejar así. Y es que a pesar de su dureza, la esmeralda es una piedra muy delicada. Es una preciosidad a la que hay que dedicarle muchos cuidados. Como explicación a mi descuido o dejadez, puedo acotar que para mí una joya era un reloj —y ni siquiera uno de los que tengo se puede considerar como tal—. Pero ahora yo tengo esta gema en mis manos. Y yo aún tan torpe. Yo hasta ahora aprendiendo.

          Ella me dice que le falta el aire. Ella me dice que tiene un mal sabor en la boca. Ella insiste en que toda la culpa es mía. Ella me condena porque desde su perspectiva, las cosas son más fáciles para mí. Eso declara; con lo anterior me ataca. Además agrega que yo asumo el papel de víctima, cuando por no hacerlo, por no confesarle por todo lo que estoy pasando, por seguir mi filosofía de compartir lo bueno tragándome los sapos que me toca solo, es que ella llega a concluir que las cosas para mí son más simples. Mas ya parados en este lugar, en este sitio, ya no hablamos de ponernos de víctimas. Es que acá hay víctimas amigos míos. Ella sostiene una teoría de barcos. Cuando yo siento que fue un salto tipo tándem en paracaídas de apertura automática con instructor  —experimentado, valga decir—. El que a mi pregunta de: «¿Qué vamos a hacer?», de manera maleducada, por decir lo menos,  responde con la misma pregunta (!); el que al oír mis soluciones las toma a mal. Ella no ve lo que yo hago. Ella, siento a veces, no valora lo que yo he puesto encima de la mesa. Como si yo no me estuviera rompiendo, como si los días que me pasan por encima, los que no alcanzo a vivir, no reflejaran mi desmoronamiento. ¿Y si me quejo? ¿Y si cuento? ¿Y si le digo por lo que paso, por lo que sufro? ¿Será que a ella le va mejor? Ella supone, ella cree, ella elucubra. No me explico de donde saca esas ideas. Nuestras fallas, mis culpas.

María de Santiago AYERBE
María

Pero ella no sabe.

          Ella no cae en cuenta: que vale cada uno de los segundos en los que no puedo dormir, que cada minuto en vela me tortura en su pasado mientras me sumerge en su futuro; que me pregunto si es justo el precio que ella paga con sus lágrimas por mis abandonos o silencios. Y se acrecienta mi ansiedad.Ella ni idea tiene del ataque sistemático que me hacen los sentidos debido a su ausencia: que para buscar saciar la falta que me hace su olor, entré a tiendas de perfumes buscando el suyo. Que mis oídos extrañan su acento, las modulaciones de su voz con las que me expresa cariño, su risa. Ella no entiende que veo en cada trapo con el que me tropiezo algo que le podría servir como chal. Algo que podría embellecerla, no sabe que mi visión quiere encontrarme reflejado en sus ojos mientras su piel se eriza; que también me falta de apetito pero que mis papilas añoran su sabor, no se entera de la revoltura y del vacío en el estómago, de las ganas de vomitar tan solo al lavarme los dientes, que ya no puedo ni ver una berraca pizzería porque su imagen se viene a mi, ni hablar de oler un ron; tampoco se entera que mi tacto busca satisfacerme de manera adolescente: ¡tremendo fracaso! Porque a mi piel, como a su perfume, necesitaba de la alquimia de su la suya para transformarse en lo que realmente me conforta. Para llegar a ser lo que me extasía. Necesito su presencia para que mis sentidos se llenen hasta el tope. Ella no sabe que quiero sentir cada día sus brazos que me toman, su boca que me hidrata. Y sus chispas de alegría, de felicidad. Lo otro, es apenas una malísima imitación. Son atajos de la mente tratado de hacer menos dura la caída. Atajos que me hacen trampa.

          Ella no sabe que mis aliados y las que consideraba mis más fuertes armas me han fallado. Algunas, siento, hasta están contra mí. Ella habla de despedidas y taxis. Y no tiene idea que desde su adiós; me la paso buscando posibles maneras de configurar frases que transmitan lo que pienso. Lo que siento. Yo que me creo tan bueno con el habla, no he logrado encontrar las voces adecuadas para manifestar lo que me pasa por la cabeza. No se da cuenta que me hace sentir siempre culpable de los crímenes contra ella, porque en la traducción que debo hacer de lo que pienso y siento a mis sonidos o letras, estos que luego ella recibe y traduce a su conciencia, siempre pierdo, siempre mis palabras son usadas en el peor sentido que podrían tener. Y vuelvo a explicar, y vuelvo a fallar. No son capaces de sacar lo que quiere salir. Si digo que estoy triste para ella es solo un burla que le hago a su propia soledad, a su propia tristeza. Ella además agrega que en los vocablos que yo escojo para comunicarme no hay ni rastro de ternura, ni cariño, ni intimidad, ni calor, ni efervescencia. Que en ellas solo hay maltrato y manipulación. Cuando toda respuesta, todo término, resulta pequeño, poco, insuficiente, pobre. ¿Dónde está el don de la palabra que antes me acompañaba? De pronto me siento abandonado. La primera de ellas que se vino a la cabeza, está compuesta apenas por siete letras. Y también se me hace estrecha. Porque gracias, no es ni una brizna comparado con el chubasco que fue su tiempo a mi lado. En estos momentos de caída es una ofrenda muy humilde. Siento que todo lo exterior está más cercano a dar el mensaje de lo que llevo adentro que las voces que habitan mi cabeza. Así el clima, el sol, las nubes, el aire, hacen que mi vocabulario luzca sencillo, pobre, enclenque, raquítico. No soy Adán y por eso quiero creer que el nombre que busco ya ha sido dicho por otros. ¿De qué me sirve lo leído, visto y oído? Culpable por no haber hecho más. Y yo aún no estoy en capacidad de crear palabras. Quisiera tener el don de poderlas inventar; pero me siento incapaz de sacar al menos una que abarque lo que llevo dentro de poder nombrar las cosas que me pasan en la cabeza, en el corazón, en el alma. Que este sentimiento, que estas sensaciones dejaran de ser entonces: inextricables. ¿Y si nadie ha podido hasta ahora llegar a descubrir esa expresión?, ¿si ese término que busco no está en ningún diccionario ni siquiera en una biblioteca borgiana? Solo me queda esperar que llegue una persona —seguro que yo ya no fui— que sea capaz de sacarla a la luz. Que sepa combinar las letras de manera justa para poner de manifiesto lo que tengo adentro y comunicar.

          Luego viene y me llama conservador. Me adjetiva así porque en estas nuevas herramientas de comunicación, de la cuales soy disque experto, ahora no me dan un minuto. Se me vinieron en contra. No las sé usar para dar claridad, porque a pensar de su inmediatez yo siempre estoy tarde, siempre estoy a destiempo. Desfasado. Yo que siempre pensaba que todo tiempo pasado fue peor, que nunca me había sentido así: reaccionario, pasado de moda. Que solamente llegaba a sentirme viejo cuando veo que tengo canas hasta en el bolas. Entre tanto ahora quisiera ser así. Hoy anhelo el pasado. Desearía tener más tiempo para poder buscar las respuestas adecuadas a sus planteamientos. La facilidad y la inmediatez que estas tecnologías imprimieron a la comunicación no me dejan un espacio para reaccionar. Y mi melancolía me hace entonces añorar los tiempos de las cartas y los barcos de vela que las transportaban.

          La música que fue mi amiga favorita, mi más cercana aliada, la que me ufano de conocer en gran parte, también me dejó colgado de la brocha. Las canciones que antes le llegaban directamente y que salvo en poquísimas ocasiones debí explicar. Ahora se enredan, se confunden, se difuminan. Como mi saliva en el mar, mis canciones se diluyen en el océano de otros significados. La música, siempre tan cercana al alma de la humanidad, ahora parece que solo logra envenenar la suya en contra de la mía. Y mi gusto musical que se siente traicionado por mí al darse cuenta que me acerco peligrosamente a Michel Bolton con su Said I love you but I lied. Y ustedes saben queridos lo que eso significa para mí.

          Antes ella me encontraba gracioso, antes la hacía reír con facilidad. Ahora, hoy, ese truco no funciona más. Mis bromas y chistes están destemplados o son atemporales. Ya no son más el allegro de mi propia melodía. Y le digo que me perdone las faltas y que pasemos la hoja. Y ella no recibe el mensaje. En este momento me siento como un pianista en pleno concierto con ella siendo la cambiadora de páginas de la partitura. Y si mi cambiadora no la pasa, ¿qué diablos hago yo?

—¿Y qué le puedo yo responder? —Jep Gambardella

    [1]Tomado de Wikipedia.

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una ilustración de: Santiago AYERBE
Anuncios

¿Te gustó? Sí, no... igual déjanos tus comentarios.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s