La escapada a la azotea

Eran las seis de la mañana y como siempre, Paul y Muriel estaban solos en la oficina. Los compañeros llegarían después de las ocho. La luz de los tubos de neón alumbraban la sala. Escondidos detrás de sus ordenadores y compartiendo mesa frente a frente, cada uno parecía vivir en su burbuja. Sin embargo el ruido frenético de los teclados rompía con el silencio extraño y ambiguo que los dos administrativos sentían cada mañana. De repente el teléfono móvil de Muriel vibró encima de su mesa. Muriel paró de escribir. Paul se dio cuenta y levantó sus manos del aparato. El motor del aire acondicionado se oyó más que nunca. Una cierta tensión se estableció. Pero no hubo reacción. Un minuto después un teléfono sonó encima de una de las mesas de la sala. Los dos compañeros sacaron sus cabezas del perímetro de los monitores y se miraron. Sin tomar cartas en el asunto Muriel volvió a esconderse y Paul se incorporó. Sin más y como la lluvia que cae inesperada, Muriel empezó a llorar. Paul sorprendido no tardó en levantarse y arrodillarse junto a Muriel. La miró con ternura y con una voz dulce, le preguntó:

—¿Qué te ocurre Muriel?

Muriel cabizbaja no respondió.

—Cuéntame que te pasa Muriel—insistió Paul.

La mujer algo avergonzada miró a su compañero y con una mueca de duda respondió que no lo sabía. Pero tras un instante de calma, afirmó:

—No soy feliz Paul. No soy feliz con mi marido ni con mi trabajo.

Paul sin saber qué responder se limitó a escuchar e incluso el ruido monótono del aire acondicionado desapareció de sus oídos.

—Quizás sea la vida aburrida que me ha tocado vivir. Quizás sea yo la causa.Respirando profundamente y sintiendo que era el momento de actuar de alguna manera, Paul dijo:

—Si te sirve de alivio, Muriel, yo tampoco soy feliz.

Muriel, sin esperar ser comprendida lo miró con ojitos de niña.

—Muriel, llevo cinco años en esta empresa y todos los días me hago la misma pregunta: “¿Qué me hace feliz?”

La mujer ansiosa por escuchar una respuesta lo miró y se secó las lágrimas con un pañuelo usado que se sacó de un cajón. Paul tendió la mano y dijo:

—¡Dame tu mano Muriel y ven conmigo! ¡Te quiero enseñar algo!

 

Foto para “La escapada a la azotea”

 

Y sin dudar un segundo, Muriel tomó su mano. Unos minutos más tarde llegaron a la azotea del edificio. Muriel parecía algo asfixiada. Paul empujó la puerta y el chirrido hizo que un grupo de palomas tomaran el vuelo. El cielo estaba nublado y el aire fresco de la mañana despabiló a Muriel. Callada y agarrada de la mano, se sentía protegida. Antes de pisar el techo de cemento, Paul le pidió que se quitara los zapatos de tacón. Ella obedeció sin oponerse. Al mismo tiempo él deshizo sus cordones. Con esmero dejaron sus zapatos junto a la puerta y avanzaron. Notaron la frescura del cemento bajo la planta de los pies. Era la primera vez que Paul la veía descalza. Tenía los pies de una niña. Las uñas estaban pintadas de color rojo oscuro que no iban a juego con el color de las manos.

Su elegancia y su atractivo era lo que siempre había enamorado a Paul desde los primeros días. Caminaron a través de unas antenas parabólicas oxidadas que juntas formaban una especie de escultura de arte moderno. La falda de Muriel se enganchó con un alambre que colgaba de una de las bases y el tejido se rompió.

—¡Lo siento Muriel. Debía haberte avisado!— exclamó Paul con temor al pensar que el percance rompería el encanto.

—¿Avisado de qué? No te preocupes Paul. Es simplemente una falda.—dijo Muriel con convicción y sin arrepentimiento.

A Paul le encantó la reacción natural de Muriel y sonrió. Dejaron atrás la zona de las antenas y llegaron a la cornisa del edificio. El viento acarició la melena rizada de Muriel y entró por las costillas de Paul abriendo su chaqueta. Paul pidió a Muriel que se sentaran en la cornisa. Las ventanas de los últimos pisos seguían cerradas.

—¡Paul, a estas alturas nos mataremos y nadie nos verá!—dijo ella sintiendo que su corazón batía más fuerte. Pero su curiosidad parecía más poderosa que cualquier miedo.

—¿Te importaría? —vaciló Paul de manera misteriosa.

Paul pensó que Muriel lo tomaría por un loco y volvería a la oficina abandonándolo en la azotea. Sin perder mucho tiempo Paul le dijo:

—¡Muriel, mi secreto es éste! ¡Es la vista que hay desde este sitio!

Sorprendida y algo decepcionada miró hacia abajo con respeto. El precipicio llegaba hasta el asfalto de la calle.

—Muriel, te voy a contar que es lo que siento estando aquí arriba.—Paul llenó sus pulmones de aire y prosiguió. Soltó la mano de su compañera y señalando el horizonte miraron al frente.

—¿Ves aquel techo verde?—preguntó Paul apuntando con la misma mano.

Muriel miró el techo que él señalaba y descartó las otras azoteas con alguna que otra luz artificial y un rótulo de publicidad que se iba apagando poco a poco. El ambiente desalmado y estéril de los otros techos alrededor, hizo que se fijaran en el edificio que estaba cubierto de verde de punta a punta. Era hierba. La hierba brillaba como si fuera una materia plástica. Ésta seguía mojada por el rocío de la mañana. El color transmitía una cierta quietud extraña pero muy agradable. Se desprendía un cierto olor floral de primavera. En le centro de la superficie un mástil de varios metros de altura estaba plantado. No había ninguna bandera y a la vista parecía ridículo y sin sentido. El cuadro parecía desolado pero los dos componentes formaban el secreto de Paul. La base de su felicidad efímera. Paul respiró profundamente. Un silencio apareció. El viento acariciaba los pies de los dos compañeros y estos en movimiento se rozaron de manera fortuita. Se miraron a la cara. Paul movió sus pies uno después del otro lentamente con la ayuda del viento y del vacío, como aquel niño que agita sus pies sentado en un columpio. Paul cerró los ojos y empezó a compartir su secreto.

—Cuando estoy aquí, miro al frente. Observo la hierba y el mástil. Cierro los ojos y me olvido de todo durante un tiempo. Me regalo un minúsculo momento de felicidad. Ese regalo es la vuelta a mi infancia. La vuelta a mi pueblo. Recuerdo aquella época donde la única preocupación era vivir el presente y estar con los otros niños. ¡Te contaré que incluso volábamos!

Muriel empezaba a cambiar de cara y a escuchar atentamente. Su mirada penetrante observaba el brillo de los párpados de Paul.

—Sin que ni mi abuela ni mi padre lo supieran, nos íbamos con los chicos y chicas del pueblo a la finca que llamábamos “el aeropuerto”. El terreno abandonando estaba a medio kilómetro de las últimas casas del perímetro del pueblo. Era una terreno que abundaba de hierba. Siempre verde y siempre homogénea. Tan verde que a veces nos entraba incluso las ganas de comérnosla. Nunca supimos de quien era aquella finca y si alguien trabajaba en ella de vez en cuando. A veces me daba la impresión de que el terreno se convertía en un planeta donde los chicos y yo éramos los únicos habitantes. El lugar era tan verde como el verde que tienes en frente. Aquel terreno había servido de base unos años atrás a un circo rumano. En el centro del terreno había un mástil plantado, como el que tienes hoy en frente de ti. Ese palo tan alto había servido de eje central para el circo. Un circo cuya función no pude ver nunca. No teníamos dinero. Dicen que al terminar los dos días de función, el gerente del circo, el alcalde y el equipo de bomberos no habían podido desmontar la columna plantada en el centro. Así que los rumanos se fueron y dejaron aquel asta en herencia. Una leyenda habría nacido.

Muriel entusiasmada por la historia y queriendo saber mucho más. Siguió escuchando y mirando a sus ojos cerrados.

—Se dijo que la noche anterior de la salida del circo, uno de los trapecistas del circo vestido de diablo se había subido a lo alto del palo para clavar una cuerda elástica. Con el tiempo supimos que era el regalo que el circo rumano ofrecía a los chicos de aquel pueblo. Al parecer habían dicho que nunca habían visto niños con caras tan triste. Hoy lo puedo entender. Era verdad. Teníamos tan poco. Éramos tan pobres que incluso nuestra imaginación se quedaba corta. Con el tiempo y el ejercicio aprendimos que el palo y la cuerda se convirtieron en nuestra actividad más importante del pueblo. Al lugar lo llamamos: “El aeropuerto”. Nos colgábamos uno a uno de la cuerda elástica y tomábamos carrerilla. Con el impulso la cuerda se encogía y nuestros pies descalzos empezaban a despegarse de la hierba. En ese momento estábamos en el aire. Estábamos volando. Y al mirarnos los unos a los otros nuestra cara triste desaparecía. Se transformaba en risas y carcajadas que no controlábamos. Era maravilloso. Nunca fui tan feliz. Era la altura, era el miedo lo que nos producía tal emoción. Lo que más nos gustaba era mirar al suelo cuando volábamos. Nuestra sombra cambiaba de cuerpo de niño a cuerpo de diablo; un diablillo travieso y feliz. O al menos eso veíamos reflejados en el suelo. Nunca supimos la razón de esa transformación. Nos daba miedo, pero éramos felices.

Paul paró de hablar. Las lágrimas corrían por sus ojos. Las de Muriel también corrían. Paul abrió los ojos y por inercia secó sus lágrimas con la manga de la camisa. Miró a Muriel y secó sus lágrimas con su dedo índice.

—Muriel, ahora bajaremos a la oficina y antes de que los otros lleguen nos iremos. Nos iremos a cualquier lugar: un parque, un tranvía, o simplemente un bar de esquina. Quiero que juntos encontremos ese lugar secreto que tú llevas dentro.

Paul se sentía orgulloso por haber compartido un sentimiento tan íntimo. Al abandonar el techo del edificio se calzaron. Se cogieron de la mano y al cerrar la puerta empezó a llover. La melodía de las gotas al caer le hizo pensar que a partir de ahora la relación entre ellos cambiaría.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER  
Una ilustración de: Santiago AYERBE
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