Ciudad para deambular

Abrí el ojo. La brillantez solar, que se inmiscuía tercamente por la unión de las pesadas cortinas en forma de línea y marcaba el piso de madera oscura, me hizo repasar la habitación del hotel: amplia, con un gran espejo, un escritorio, las cortinas oscuras y un baño con paredes imitación piedra. A pesar de que imaginé el calor de afuera y de la comodidad que me brindaba el aire acondicionado, ese día no quise perderlo. Necesitaba dinero. Se dibujó en mi cabeza la primera estación que debía hacer. Moví mi mano para alcanzar mi iPhone y leer mi timeline. Al toque, decidido a no perder más tiempo, me levanté y el dolor en la parte de atrás de mi cabeza me recordó la fiesta de de la noche anterior. Quité la cinta del inodoro blanco para sentarme en él, me bañé, me vestí con cuidado: camisa y pantalón de lino, un suéter ligero. Sin ningunas ganas de socializar, pedí el desayuno a la habitación. Busqué mi cámara y mi moleskine de piel roja, las carrera, mi sombrero panamá. Después de todo el ritual habitual, bajé al lobby y llegué hasta mover la puerta giratoria que al atravesarla me hizo sentir el calor que casi me tumba. Resoplé y por un momento me quedé quieto mirando la avenida. Me decidí a caminar hasta poder retirar dinero; pero sobre todo sentí que en esa ciudad, podía montar mi truco. Ese que otros llaman arte.

          El andén estaba lleno de ventas, de puestos de comida con su emanación de olores que castigaban mi delicado olfato. El calor, la gente —fea en su mayoría— iba bien vestida menos los gringos en bermudas, el ruido de los carros, el pito agudo de las motos, me hicieron pensar en tomar un taxi. Decidí seguir caminando. La avenida por donde venía interceptaba a otra en una gran encrucijada. Para pasar al otro lado subí un puente peatonal de concreto gris y con manchas de smog que accedía también al tercermundista metro elevado. Ya iba descendiendo por los sucios, grises y angostos peldaños cuando vi algo que me llamó la atención. No sé si por cansancio, o porque ya tenía mi camisa pegada a mí debido al calor y la humedad, encontré así de fácil el objeto que me había hecho mover de mi cama y la frescura del aire acondicionado. Era un hombre de unos 50 años que aparentaba muchos más, la calle lo había gastado. Lo había castigado. Lucía un saco dos talles más grande adornado con machas de grasa, de comida, baba y mugre visibles a la distancia. Le cubría el pecho un camiseta de Black Sabbat en la que aún se dejaba ver: War Pigs, esta también tenía una mancha blanquesina de baba en el hombro izquierdo. El pantalón de poliéster ya brillaba de lo sucio. Sus ropas todas lucían del mismo color, ese que no se identifica muy bien entre el verde oscuro o ya café. Color mierda. El color en el que ellos viven moviéndose. Sin medias y zapatos de plástico completaba la indumentaria del que sería mi nueva estrella. El hombre estaba sentado a pocas escalas de llegar al anden. Él movió su cara desaseada para pedirme dinero en su lengua inentendible, sus manos parecían las de un mecánico al final de su jornada. Yo le dije por medio de señas que me esperara que yo le iba a dar. Debí resultarle ridículo, él se reía de mis muecas mostrándome su boca, que como cereza en el postre, solo tenía un par de dientes.

          Me encaminé hacia los edificios de mi izquierda con afán esquivando gente, tratando de no tocarlos siquiera, y los incontables puestos de comida. Pensaba que ese bocado de cardenal no se me podía escapar. Tenía que concretarlo. Detuve a un transeúnte para interrogarle por el lugar más cercano en donde pudiese encontrar un cajero electrónico. No me entendieron. Mi paseo iba siendo amenizado por el ruido de sus bocinas y motores de carros y motos. La polución de estos se mezclaba con el aceite quemado, la grasa, la comida y junto a la hediondez que emergía del caño que cruzaba, me hizo tener un par de arcadas. En la esquina de una calle pequeña, logré ver una alcantarilla con un condón usado que se asomaba sobre su boca. Después de unos ciento cincuenta metros pensé que lo mejor era devolverme a donde el indigente y pedirle que me acompañara, que fuera conmigo hasta un lugar en donde retirar dinero. A pesar de que el sol no dejaba de castigarme y sentía que cocinaba mi cabeza, esta trabajaba y ya había preparado la escena. Deshice mi camino hasta el hombre aquel y con mis manos le dije «ven». El no se inmuto, me volvió a mostrar su asquerosa sonrisa y las comisuras de los labios cubiertas de un blanco como si comiera coca. Me dieron ganas de vomitar otra vez. Venciendo mi asco le tomé por una manga del saco. Le sacudía y trataba de hacerle entender que necesitaba que me acompañara. Él impávido mientras una amalgama de podredumbre me penetraba la nariz. Me alejé para tomar un poco de aire limpio y evitar vaciarme sobre él. Al final le di a entender que le iba a dar comida y esa parte, supongo, le hizo levantarse. No era tan pequeño como yo me lo había supuesto, pero eso no echaba a perder mi idea. No sé cómo lo hacen pero no viven nada mal estos hediondos acá pensé.

          Recorrí varias cuadras en las que me tocó ajustarme al ritmo beodo y parsimonioso de sus pasos. Su lerditud aunada a mi zigzagueo para eludir el roce con la gente que parecía abalanzarse sobre mí, los puestos de ventas callejeras que estorbaban el caminar; la mezcolanza de olores: smog, comida, humedad, perfumes, sudor; el calor, el ruido del metro encima de mi cabeza, mi sudor; sumado al sol eficiente de estas latitudes y la idea de hacer mi trabajo con esta luz relumbrante que me hería los ojos hacían que mi escasa paciencia tendiera a cero. Me perturbaba. Yo trataba de apurarlo, pero no quería volverlo a tocar y tampoco quería hacerlo arrepentir. Veía que muchos de los transeúntes me miraban con recelo, como bicho raro debido a mi compañía. Algunos días después llegué a entender que en ese país las diferentes clases sociales no se mezclan y que como norma cultural se debe manejar así.

          —Necesitamos apurarnos —le dije—mi pulgar frotaba mi índice tratando de decirle que buscaba dinero.

          —chai craab —algo así me respondía.

          Sus pasos un poco menos lentos me daban a entender que captaba mi afán. Yo trataba de sostener el ritmo de la caminata, pero pronto el tipo ese se me quedaba rezagado y debía esperarlo mientras secaba mi frente. En últimas, era yo el que lo necesita a él. Él era el eje fundamental de la nueva entrega de mi trabajo. Sí, yo era el que necesitaba de él. Definitivamente. Vi un par de policías que estaban a unos metros adelante. Ellos venían caminando en sentido contrario al mío. Yo quería ver su reacción cuando me vieran  ser amable con el pordiosero. Nos interceptaron. Sus perfumes baratos aliviaron en algo mi nariz.

Ilustración: Tecnológica. Por Santiago Ayerbe
Ilustración: Tecnológica. Por Santiago Ayerbe

          —¿Qué está haciendo «él» con usted? —uno de ellos lo señalaba con su bastón. Yo no respondí inmediatamente. El otro lo miraba y empezó a rodearlo a «él». Imaginé que le preguntaban lo mismo porque la cara de desesperación del anciano. Yo seguí mudo, no hice nada, jugué un poco a no entender. Pero la cara de mi estrella me hizo hablar.

          —No hay lío, el «señor» viene conmigo. —pronuncié la palabra «señor» con cierta sorna y los policías rieron y mi amigo se les unió.

          —Ande con cuidado. Con este tipo de «señores» nunca se sabe sus verdaderas intenciones. —dijeron. Yo asentí.

          —¿Dónde hay un cajero ? —les pregunté, y me señalaron un edificio azulado a pocos metros. Llegamos al edificio señalado que ocupaba casi la mitad de esa calle. Muy alto y con fuente alargada cerca que descargaba el agua en un piscina bajita color tierra al lado de sus amplias escaleras. No vi señales de bancos y al lado del agua una señorita de vestido rojo precioso que parecía refrescarse me indicó que dentro del edificio había algunos de diferentes bancos y yo después de agradecerle me dirigí a las puertas de vidrio azulado. En la puerta oí que un guarda le hablaba a mi amigo.

          —Él viene conmigo —le dije

          —Buenos días señor. Él no puede entrar.

          —Buenos días. ¿Cómo no puede entrar? Es mi invitado –respondí

          —¿Perdón? —me dijo sin ocultar sorpresa.

          Después de repetirle mi acompañante pudo seguirme. Eso sí, escoltado. Uno de esos guardias de «incógnito» nos «acompañó» a la distancia hasta el banco. Mi amigo era prudente y yo noté sus ganas de marcharse de inmediato. Pero yo quería jugar y hasta ambientar un poco mi escena. Deseché mi primera idea de comprarle un satay allí en la calle e ir a hacer inmediatamente lo que debíamos. Al fin y al cabo: ¿qué es más importante que el juego?  Fuimos pues a uno de los dos restaurantes que velaban la puerta principal del edificio. Yo le abrí la puerta a mi invitado y él dubitativo se decidió por fin a entrar después de que mi mano, ya con algo de impaciencia, le indicara que lo hiciera al menos unas tres veces. El sitio estaba casi vacío. Un par de mesas en el interior que atravesamos por completo para sentarnos en la terraza. Allí había otras algunas personas más. Nos sentamos alejados de todos. No quería oír a los gringos gritones mientras esperábamos que nos atendieran. No duró mucho, llegó el mesera que me miraba con extrañeza, le pedí dos menús. Me sorprendió que mi amigo supiera leer. Yo pedí café, no tenía hambre sino ganas de contemplar la fauna que nos miraba dentro y fuera del restaurante. El contraste entre él y yo era grande y en ese país casi insalvable. Le dije al mesero que le preguntara a mi compañero que si le apetecía un desayuno continental. No sin insistir y con una cara que transparentaba su alegría y algo de pena, él accedió a mi recomendación. Yo imaginaba que pasaban los viandantes que hacía que me miraban con extrañeza, yo no podía entender mucho las jetas que me hacían y sus significados: ¿asco, rareza, excentricidad? Ni idea qué era lo que les transmitía mi estadía allí con este individuo. Me hubiese gustado mucho saber el porqué de sus miradas. A mí me encanta provocar esas reacciones en la gente. Sorprenderlos en su propia cotidianidad. Sería algo que estos idiotas comentarían a la cena. Yo interiormente estaba exultante. Ya cuando mi querido gamín estaba terminando llamé al mesero:

          —Pregúntele por favor que si está bien o si quiere algo más —le dije. Él actuó con premura

          —Que está todo bien así y no quiere nada más. Está muy agradecido. —me respondió

          —¿Y como no?, supongo que lleva siglos sin una comida real este pobre diablo —exclamé. El mesero no dijo nada—Oiga, dígale que ahora yo necesito de su ayuda. Que, si él no se opone, le haré unas fotos porque quisiera que él sea mi modelo. Dígale que además le pagaré por ello.

          —Dice que no hay problema. Que está para servirlo e insiste en agradecerle por la comida y que no necesita que usted le pague por nada. —me dijo mientras yo observaba la calle e imaginaba las tomas qué le pondría a hacer a mi modelo. Qué fotos buscaba de él y en qué me iba a enfocar. Con solo unas quince o veinte fotos que salieran de este tipo estaría más que satisfecho. Estaba seguro de que mi público las apreciaría.

          Salimos del restaurante y pronto llegamos a ese confín que separaba dos mundos. El del edificio, refinado, fino, elegante, con porteros y meseros uniformados y el de la calle con su porquería y desorden. Era como tener la Quinta Avenida y una terminal de transportes de pueblo latinoamericano en la delgada línea de un andén. De camino hacia el lugar que había visto antes, y que imagina invariado, que no hubiesen pasado los aseadores, estaban los mismos dos policías, les saludé con un: «See you». Por fin llegamos a la callecita de la alcantarilla: casi sin gente e intacta. Le indiqué al mendigo que se sentara en el andén exactamente encima del sumidero. Para calentar empecé a tomarle fotos, le dije que sonriera a la cámara. Hice señas para que sus ojos se dedicaran siempre en mirar la lente. Capté buenas imágenes de su boca, el color de sus poquísimos dientes, la baba seca en sus labios, los ojos apagados, las manchas negras del mugre que cubría su cutis. Ese conjunto de detalles que transmitían intensamente lo que yo buscaba. Lo hice acomodarse en diferentes posiciones, sentado, de pie…, de alguna manera esto le hizo entrar en confianza y él empezó a ser propositivo. Ya no esperaba que le diera instrucciones. Algunas las hacía realmente bien. Posó en suelo boca abajo haciendo que lamía el piso…, delicioso. Nos movimos hasta la caneca de la venta de comidas en la esquina. Él se soltó. Capturé algunas de las mejores imágenes: él metiendo las manos en la caneca, buscando entre los desperdicios, escogiendo su comida, las moscas en su alimento, él metiéndolo en la boca, masticándola con las encías, sus manos mugrientas con trozos de carne, el bolo alimenticio en su boca, restos sobre su ropa. Él era un artista, yo solo estaba ahí para inmortalizarlo. Oro puro.

          La señora del único puesto en la esquina con su delantito blanco se enojó. Ella y mi estrella se enzarzaron en una discusión. Ella también me decía cosas a mí y yo solo le disparaba con mi cámara. En una momento aproveché para cambiar de memoria que estaba llena ya y cuando en esas estaba, ella, armada con una escoba, se me vino encima a golpearme. El tráfico humano y vehicular se ralentizó por los mirones. Los veía reír, que buen show les dábamos. Mi amigo se interpuso y yo logré otras buenas tomas. Ella amenazante, él que se defendía tirándole comida, ella que intentaba golpearlo, él que huía. Todo quedó en esas memorias SD. Opté por tirarle diez dólares y la señora entre improperios los recogió y nos dejó tranquilos devuelta en la acera. Le señalé a mi amigo el condón. Él, casi telepáticamente me secundó la idea y empezó a posar con él. En las fotos se veía algo del liquido multiplicador que aún habitaba su interior. Él iba in crescendo. ¡La gloria! La foto que vale millones pensé.  Solo fueron cuarenta minutos los que me había tomado que él me regalara una mímica muy natural metiéndoselo en la boca.

          Después de mucho insistir, él me recibió cien dólares. Al fin su trabajo representaría para mí muchos más. Me despedí a su usanza y salí caminando hacia la esquina. Allí le dediqué una sonrisa vacía a la señora de la venta que ella ignoró. Doblé la dirección para buscar a los policías e intentar con su ayuda llevar a un nivel superlativo el acto de mi estrella. No los encontré a simple vista. Me detuve en la mitad a la gente y me puse a otear hasta que entraron en mi panorama. Caminé hacia ellos, les expliqué lo que había pasado y les propuse una solución. Ellos accedieron. Llegamos a donde mi protagonista y ellos empezaron a registrarlo encontrándole inmediatamente los 100 dólares. Empezaron a insultarlo y empujarlo, él cayó al piso, allí lo patearon. Oro, oro en polvo. Yo casi saltaba de felicidad. Yo seguía disparando sin descanso. Absorto. Enceguecido y dominado por la fuerza natural de la escena: veía la cara del mendigo suplicante, las lágrimas, la saliva, sus muecas de dolor, la sangre en su ojo. Como culmen logré fotografiar cuando la comida salió expulsada de su boca al vomitar. La cámara también captó la gesticulación de los uniformados, su superioridad, su afán por cumplir el deber, su rabia por tener los zapatos untados de esa inmundicia… Todo quedó en las fotos. Ellos se quedaron con la plata y les tomé el último recuerdo como despedida no sin antes negarme a golpear al harapiento con uno de sus bastones. Gente que no había visto nos rodeaba. Ellos sonreían.

          En ese momento apenas eran las cuatro de la tarde. Aún tanta ciudad en donde dejarme ver y hasta un nuevo truco por montar con otra iluminación. Se me ocurrió que Debía llamar a mi galerista y contarle la experiencia y lo que nos dejaría.

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una ilustración de: Santiago AYERBE
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