La princesa del patio de recreo

El verano cerraba sus puertas y yo me despedía de él, un años más, sin haberme echado alguna novia. A mis nueve años era de estatura media y tenía sobrepeso. Mi pelo era castaño-rubio por culpa de mi madre, que era extranjera, y mi cara de niño guapo, decían,  desprendía timidez, cautela y tristeza. Mi padre, hombre de familia numerosa y que en su niñez pasó hambre, me había inculcado una disciplina que había provocado en mí cierto hermetismo natural.

        Acabábamos de mudarnos del pueblo a la capital y recuerdo con mucha nostalgia el primer día que llegué al colegio de la ciudad.

        Al parar el coche sobre un paso de cebra,  recuerdo que mi padre me dijo:

        —Vete a la tu fila y busca a la señorita S. Esa profesora joven tan moderna que vimos antes del verano.

        Le di un beso en la mejilla, por respeto, cerré la puerta del vehículo y entré en el patio del colegio. Perdido y asustado de ver a tanta gente nueva, avancé cabizbajo y de reojo miraba a donde agarrarme. Caminé unos metros buscando a mi profesora como el periscopio de un submarino que examina el horizonte en un océano agitado y desconocido.

        Recorrí un patio por donde los otros niños jugaban a perseguirse, otros lloraban y algunos hacían amigos o se reencontraban, pensé, del curso anterior. Muchos padres seguían discutiendo en el patio y no se desprendían de sus hijos hasta que las filas se formaran para entrar en clase. Se me ocurrió la idea de sentirme como en una estación central de trenes donde los niños son los vagones y la profesora la locomotora; la clase sería el destino.

        Ese día llevaba unos pantaloncitos de pana azules bien ajustados, una camisa blanca sintética de manga corta y unos zapatos negros nuevos que me hacían daño. Mi padre decía que era importante impactar el primer día, como en la misa de los domingos.

        Los niños iban vestidos con camisetas de botones: el color blanco, amarillo, verde, azul e incluso el rosa era lo que abundaba. Me acordé de la gama de colores del arco iris que había visto solo en los dibujos animados y algún libro. Un olor a ropa nueva recién salida de los cartones de los grandes almacenes se apropió de mí. Los niños traían con ellos sus pelotas de plástico, de cuero, peluches, rompecabezas, libros e incluso algunos mostraban grandes cartulinas con fotos pegadas que ilustraban sus actividades durante el verano. El aroma de caldo de pollo que atravesaba las ventanas entreabiertas de la cocina del comedor maquilló y luego borró el olor a ropa nueva. Ese día no nos obligaban a llevar mochila. Era un día de inmersión; de toma de contacto.

XIMENA.La princesa del patio de recreo
Recorrido: Ilustración de Ximena Gutiérrez

        El patio principal estaba formado de varias pistas que servían para el recreo, la actividad física y los eventos al aire libre. Me dirigí a una peculiar cancha secundaria que estaba cubierta por un tejado oxidado que debía servir para cubrir a los niños de la temporada de lluvias y sobretodo cubrirlos del sol de la sobremesa. Bajo ese tejado y a lo lejos, me encontré con mi maestra. En un escenario desconocido y en medio de tanta gente nueva unos coros se formaban junto a ella. Era de pelo castaño y parecía muy coqueta. Llevaba una falda negra y una ajustada blusa beis muy elegante.  A pesar de su juventud, se decía que tenía una hija de mi edad y dos niños más pequeños. Una madre de esa categoría, también podría ser una madre para todos nosotros pensé; una excelente mensajera y protectora de sus alumnos.

        Quise recortar la distancia que nos separaba. A eso había venido, ¿verdad? Me acerqué y presencié que estaba acogiendo a los niños que habían llegado solos como yo. Al mismo tiempo tranquilizaba, con su sonrisa, a algunos padres preocupados por los llantos de sus hijos. Recuerdo muy bien todo el circo montado a su alrededor.

        A pesar de la distancia, me reconoció. Me regaló una mirada seguido de una suave sonrisa de bienvenida. Al notar cierta complicidad, un rayo de luz salió en la triste tempestad que me oprimía desde el fin de semana. Decidí avanzar a paso lento para gozar más de nuestro contacto. También lo hice para darle más tiempo en deshacerse del rebaño que giraba a su alrededor.

        Pero de repente, lo inesperado surgió. Por mucho que las nubes de mi tristeza se dispersaran, la caída de un relámpago hizo que me despertara y saliera de mi letargo. Debo admitir que siempre me gustaron los días de lluvia. Por eso el relámpago es algo para mí que trajo buenas energías. Ese día, ese resplandor se llamaba Y.

        Al verla a escasos metros de mí, se me contrajo el corazón y me quedé estupefacto. La vi correteando en círculo delante de tres chicos que la perseguían. Ella reía pero gritaba como si fuera a llorar. Sin esperarlo, me miró y me dijo:

        —Rápido. ¡Déjame subir a tu espalda! Serás mi caballo. ¡Éstos bandidos me persiguen!

        Pero la espontaneidad de tal súplica llegó como un ovni y me faltó reacción y prontitud. Simplemente no pude responder. Yo me quedé perplejo. Ella, una niña decidida y como aquella que no espera por los trenes sino que los trenes esperan por ella, se enfrentó contra el niño que le perseguía más de cerca y con un gesto coreográfico muy elegante se subió a sus espaldas.

        —Corre Jorge. Ahora eres de los buenos y me vas a salvar —dijo Y. con una voz cortada.

        Recuerdo que en ese momento Y., Jorge y los dos niños que se les seguían guillotinó la línea imaginaria que me separaba de la maestra. En ese instante y a pesar de mi fracaso, Y. cambió mi rumbo.

        Ver a aquella princesa segura de si misma y subida a lomos de su caballo disfrutando a carcajadas me sedujo para siempre. Pensé en la facilidad que algunos niños tienen de juntarse con otros para divertirse y crear historias. Obviamente, Y., Jorge y los otros dos niños salían del lote. Eran guapos, rebeldes y admirados. Eran niños sin complejos que provenían de familias con carreras universitarias. Ellos serían los perfectos futuros líderes de grupo y representantes de clase. En aquel instante supe que aquella niña iba a ser especial para todos. La creación de alianzas, la formación de corrillos e incluso las peleas por seducirla a cada instante se harían múltiples a lo largo de los cursos.

        A las nueve menos diez sonó la sirena. Cuando formamos me quedé hasta el final de la alineación cerrando filas. Siempre quise ser el último. El último de la fila. El último participante. El último en llegar. Ese primer día, que yo pensaba que todos querrían impresionar a nuestra profesora poniéndose lo más cerca de ella, nos quedamos los tres chicos delante de mí siguiendo a Y. Cuando la profesora se giró para convertirse en nuestra locomotora ocurrió lo siguiente: los niños se colocaron en línea recta y se agarraron los hombros y a las cinturas. El tren se puso en marcha. Los niños alzaban sus brazos para despedirse de algunos padres y para saludar a otras filas. De repente  Y. rompió la fila y se metió entre su caballo y yo.

        —Con permiso chicos —dijo mirándome y sonriendo.

        Su perfume de princesa recién salida de su bañera me estregó la cara. Me gustó sentir esa fragancia. Y. hizo un amago con sus hombros para que pusiera mis manos. Acaricié de un golpe suave su estatura. Se giró y me guiñó un ojo. Ese día supe que los rebeldes de la clase me respetarían. En marcha todos los niños nos agarramos del que teníamos delante.

        La salida de la plataforma de camino a la clase nos condujo por un maravilloso jardín de plantas que formaban un pasillo de color verde y cuya tierra nueva desprendía un tufo de estiércol. Al pasar delante de un despacho del que se oía la sintonía de la radio, el director salió al momento y saludó a lo lejos. Miró a la profesora y dijo:

        —Hola niños, os deseo un feliz primer día en nuestra escuela.

        Tan pronto pasamos a su altura miró en mi dirección y me preguntó.

        —Hola Y. ¿Cómo estás?

        Yo, con algo de orgullo, y sin darme cuenta que se dirigía a nuestra princesa, iba a responder cuando oí:

        —Muy bien Sr. Director.

        Y. le sonrió y luego me miró sabiendo que había evitado mi metedura de pata. Al segundo se presentó.

        —Bienvenido. Me llamo Y. ¿Tu debes de ser ese niño extranjero que dicen que no tiene madre?

        Confuso por el comentario tan inesperado asentí sin soltar palabra.

        Unos días más tarde y durante la clase de matemáticas recibí una bolita de papel. La abrí y en ella leí: «¡Para ya de mirar a mi madre tonto! Un beso, Y.»

        Su mensaje caprichoso y atrevido me hizo sonrojar. Al levantar mi mirada, vi como Y., feliz, soñaba observando por la ventana.

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER  
Una ilustración de: Ximena GUTIÉRREZ
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4 thoughts on “La princesa del patio de recreo

  1. gpisanic octubre 20, 2014 / 19:48

    Me gustó el recorrido de las emociones, a los recuerdos y a las sensaciones. Buen trabajo, felicidades !

¿Te gustó? Sí, no... igual déjanos tus comentarios.

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