De entrada por salida

Debía regresar al trabajo y a mi casa hasta el final de agosto. Pero no aguanté. Esa necesidad física de acercarme a él, me llevó a adelantar el viaje unos días. Llegué de sorpresa para el fin de semana. Al abrir la puerta, su cara reveló toda la verdad de sus sentimientos: el agite de sus ojos, el casi imperceptible temblor en sus labios. Apenas pudo reaccionar, se movió con elegancia para tomar impulso y, abalanzándose como un tigre, me asió en un abrazo fuerte, abrazo que significaba que no me quería soltar nunca. ¿Deseaba yo soltarme? o ¿Quería yo soltarme? Dejé caer la maleta en una reacción que ni siquiera llegó a torpe. Imagino por sentir la espada de Damocles encima de nosotros. Él también la notó, seguro, y apartó con sus brazos, para tomarme la mano y guiarme a su habitación. No era hora de hablar. No todavía. Era hora de la dosis.

        El lunes en la mañana, él, el director de arquitectura de MVL, debía ir a su oficina. Yo estaba todavía echado en la cama mirando la lámpara que pendía del techo. Solo eran las siete y olía a calor, a días largos y soleados, a polvo, a verano; la almohada despedía la esencia de su sudor, el tufo a sexo de las sábanas, el perfume de su bloqueador solar, saturaban mi nariz. Una maleta suya tirada en el piso, la silla del escritorio en frente repleta de ropa, las pinturas, la salida al balcón. Las ganas de orinar hicieron que me levantara desnudo hasta el baño. Al cruzar la puerta de la habitación, parado allí en el corredor con las cuatro puertas que separaban los diferentes espacios de su estancia: la del baño enfrente, la de entrada a mi izquierda, la que acababa de pasar y la de la sala, me di cuenta que en todo el fin de semana no pasé de esa parte de su lugar. Supongo que debido al peso de la situación en la que estábamos, a la necesidad de encontrar soluciones, respuestas, escapatorias; el resto de su apartamento tenía una especie de veto autoimpuesto por mí. Mientras él se duchaba, abrí tímidamente la puerta de su sala y me detuve a contemplarla. Las tres ventanas que daban a la avenida hacían que el espacio estuviera más iluminado que el hall. Sus paredes blancas; los sofás, de diseño años setenta, que se emborracharon en otras oportunidades con nuestras secreciones; muebles que nos habían recibido en su comodidad cuando nos tiramos a hacer nada, a tomar cerveza, a ver películas y que esta vez se limitaron a escucharnos atentos; la mesa baja que había sostenido los vasos de ron, nuestros porros, sus cigarrillos y mis puros; el tapete que encuadraba su sala, el piso de madera, sus fotos familiares, su biblioteca llena de libros y su escasa colección de discos. Recordé, como si fuese una película ya vista, la escena de la primera hablada: mis lágrimas primero, las de él a continuación, luego las risas para terminar ensamblados bailando. Y los dos interpretando el libreto de marras. Cerré la puerta.

Entré al baño y me dijo:

—¿Te vas a bañar?

—No. Cuando te vayas, iré al gym que me contaste. Luego volveré a desayunar y a bañarme. Después saldré a dar una vuelta.

—Bien —respondió

        Salí de allí para volverme a echar en la cama. Él, con su pelo rubio oscurecido por el agua, entró casi inmediatamente. Por enésima vez me percaté del contraste entre su piel bronceada y su culo blanco. Se dejó caer de espaldas a mi lado y halándome hizo que aproximara. Sentí el olor de su jabón, su limpieza. Mi erección latía y me le trepé para comérmelo. Una dosis más: escupiendo mi mano la pasé por mi verga para suavizar la entrada. Lo monté mientras él se masturbaba. Su cuerpo con tan pocos lugares de acceso, con tan pocos lugares para tenerme dentro, y yo que había traspasado esos pasos y ahora no encontraba la salida. Me perdí en su maraña. No nos tomó mucho tiempo en quedar cansados y necesitados de aire. En el momento en que bebíamos agua y retomábamos fuerzas, me vi reflejado en sus ojos verdes intensos, ahora no los veía tristes, los veía resignados. Como diciéndome lo que los dos sabíamos desde siempre. Sugiriéndome las jugadas que debía seguir. Lo que siempre supimos pero como buenos seres humanos insistimos en nuestros deseos e ignoramos nuestro querer. Habló para decirme:

—He tenido malos pensamientos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que debo irme. —me respondió

—Esos no son malos pensamientos —dije—. Es tu querer que te habla para protegerte.

        Y otra vez más, nuestro cielo que apenas hace unas horas aparecía azul, se nos empezaba a agrisar otra vez. La distancia entre mi mano y su torso cobrizo me pareció larga. El peso de sus palabras hizo que a los bíceps les fuera imposible seguir la orden del cerebro. Mi extremidad no pudo recorrer esa distancia para alcanzar su espalda y acariciarla. ¿Qué escapatoria quedaba? Aún no queríamos entender que no existía tal mundo paralelo: era nuestro mundo. El que a nuestro pesar y sin querer, se fue construyendo por el paso de las horas, de las llamadas, de los mensajes, este que teníamos juntos, este que empezaba a desmoronarse, a caérsenos encima. A dañarnos en el real. Y de vuelta a nuestros roles en esta ficción. Él salió al baño, se lavó la cara con agua fría para bajar sus emociones. Yo asumí el silencio como respuesta.

        —Estoy tarde —dijo. Su manera de huir era el trabajo

        —Vale. ¿Nos vemos para almorzar?

        —No. Tengo un almuerzo en la oficina.

        —Ok. Nos vemos a la noche.

Memorias: Ilustración de Ximena Gutiérrez

        Tirado en la cama lo vi vestirse: su camisa blanca a la medida, su traje de Armani negro que tanto me gustaba; corría frenéticamente entre el baño y el cuarto. Yo inquieto me puse los calzoncillos y le ayudé con la corbata y le busqué un pañuelito azul cielo, a juego. Caminé afuera de la habitación para despedirme y contemplarlo al partir. Solo en el corredor, este se me antojó más pequeño ahora: me apretaba, me sofocaba. Miré sus zapatos, algunos eran nuevos para mí. Noté mi maleta al lado de la entrada, de allí nunca se mudó en todo el fin de semana que viví con él, no pasó siquiera a la habitación. Y abierta, una puerta.

        Me apuré, a hacer mi día también. El ejercicio, el almuerzo, caminar por ahí, sentarme a tomar café. Tratando de acelerar el paso de los minutos, como el adicto que espera el momento del chute, yo necesitaba la llegada de la noche para volverlo a ver. Las llamadas para saludarnos, para saber cómo estábamos y qué hacíamos. Hacer que el tiempo pasara. Y al final llegó, el tiempo infinito, incansable y sin detenerse; me trajo la noche.

        Ya los años y la práctica nos habían enseñado algunos movimientos y poses. Claro, no era fácil; pero al menos el pánico escénico era menor. Cada nueva vez que tocaba representar la obra esta se «superaba». Otra vez todo igual pero con distinta escenografía. A las 19 yo estaba esperándolo en un bar para unos martinis. Ustedes lo han visto muchas veces: 1ro. los tragos para empezar, para distensionar. Él llegó e inmediatamente cada uno entró en su papel, asumiéndolo con propiedad. Comenzamos a hablar sin empacho, de todo lo trascendental en el mundo que no tendría solución a través de nosotros. Él me alabó la camisa de algodón color verde que me había dado, mis burlas por su comentario. 2do. Luego escoger el sitio para ir a cenar, caminar por la calle bromeando, entrar y ubicar la mesa, discutir lo que íbamos a pedir, ordenar, brindar, comer y hablar de todo y de nada. Las miradas retadoras que hacen que cada vez se sienta más el peso del momento que llega inevitablemente.   

        3ro. Las preguntas:

—¿Qué has pensado de lo que hablamos ayer? —la soltó él.

—¿De qué? —estúpidamente respondí como tratando de detener una bala con las manos.

4to. Los silencios…

—Esto merece transparencia. Se directo por favor.

5to. Las respiraciones que se escuchan y el mundo que se detiene para las respuestas…

—Vale, iré directo —tomé aire y lo solté mientras sostenía su mirada— no puedo estar sin mi familia. El hilo que no aguanta más, el sonido que hace este al quebrarse, el chasquido de los huesos cuando la espada cae y nos parte.

        Su cara que me da a entender que las respuestas no lo son. La mía transparentando mi abatimiento por el fracaso. Pero, ¿cómo, cómo poner en palabras lo infinito de un sentimiento, lo inexplicable de este que tenía yo por él? Los vocablos que, como las arenas de un reloj, se dejan caer en un trabajo sin sentido: las unas tratando vagamente de dilucidar lo indescriptible, las otras de contar lo incontable. Relojes y voces, pequeños instrumentos con el trabajo ingrato de acotar lo eterno: sentimientos y tiempo. Un tiempo que se avecinada no más compartido.

—Queda todo claro. —dijo calmado— ¿Y yo entonces? ¿Un juguete para tu aburrimiento? ¡Explícame!

—¿Te traté así alguna vez? —respondí y sin pensarlo mucho continué— ¿Y qué hago yo con mi vida, con mi familia, con mis hijos?…, ¿logras tú configurar una salida? Yo no…, yo no.

Silencio. No hubo más palabras, no hubo más intercambios. Lo oí pedir la cuenta, lo miré pagar y rechazarme el dinero que yo quería darle.

        —¿Nos vamos? —fue lo último que oí de él ese día. Caminamos sin hablar, luego lo ví subirse a su carro. Empecé a sentir inmediatamente el sudor frío, el síndrome de abstinencia, mi cuerpo que pedía el suyo. Debía remediar materialmente este problema físico. Tendría que someterme a una terapia de choque. Solo una puerta quedaba por abrir.

Un relato de: Juan Carlos LEMUS POLANÍA  
Una ilustración de: Ximena GUTIÉRREZ
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