Pedalear hacia el abismo

El entierro de su abuela había pasado. Después del cuarto día Robert seguía triste y perdido; al borde del precipicio. En los últimos meses en los que se había ocupado de su abuela enferma, el joven bohemio había tenido un sueño extraño que se repetía. Robert recordaba estar sentado en un monociclo encima de una cuerda. La situación le obligaba a sacar la destreza necesaria para avanzar en aquellas alturas. A pesar de que el vehículo iba amarrado con globos que lo mantenían a flote del abismo, éste, parecía no tener miedo a caer. Eso sí. Tenía miedo a avanzar. Y el retroceder ya no era posible. No había vuelta atrás. Entonces le quedaba preguntarse: “¿Avanzar hacia dónde? ¿Y cómo hacerlo?”. La pérdida de su abuela, su madre, tenía agarrado por el cuello a Robert. Ahora se trataba de lidiar con esa fuerza maligna para abandonar la cuerda o para avanzar a golpe de pedal.

A unos metros de la estación de tren, en aquel día del mes de marzo, la lluvia no paraba de caer. Sin gorro impermeable ni paraguas, Robert se quedó mirando un panel de publicidad turístico antes de entrar en la galería ferroviaria. En el panel se leía: “Vuela en globo y piérdete”. Detrás del globo principal en el cual aparecía una familia saludando, habían otros globos en grupo. El fondo del paisaje era verde pero no se distinguía si era montaña o si era llanura. Sin embargo formaba un mar profundo del color de la esperanza. Al terminar de pasear su mirada por la imagen comercial, Robert pensó en su sueño.

Bajó las escaleras que conducían a la galería y se secó la frente con un pañuelo de papel. Se acercó al quiosco más cercano y compró el peri­­­­ódico y una barra de chocolate. Al recibir el cambio, Robert se quedó mirando la mano de las monedas.

—Le deseo un buen día a pesar de la que cae—dijo la joven vendedora escondida entre estantes de tabaco.—¿No desea un paquete de pañuelos? ¡Están a mitad de precio!

Robert, encerrado en sus pensamientos y con una cara de tristeza abrumadora, se dijo que tendr­­ía lectura para toda la semana. Sacó una bolsa de plástico de su bolsillo derecho que estaba doblaba en seis partes e introdujo con delicadeza sus dos pertenencias. Era una bolsa de los grandes almacenes de la ciudad. Recordó que su abuela decía que la mejor manera de sentirse integrado en esta sociedad de vitrina era la de llevar siempre consigo la bolsa de plástico adecuada.

Salió de los bajos de la estación y se dirigió hacia el tranvía número tres. Se bajó en la quinta parada y tras caminar unos minutos, llegó a su minúsculo apartamento después de haber subido los escalones de cinco pisos. Al llegar a la cima se detuvo y sintió que la respiración le seguía con retraso. Al abrir la puerta dejó la bolsa en el suelo y encendió el aparato de música. Se quitó la ropa mojada. Y la seca también. Se sentó en su único sillón bajo la ventana incrustada en el tejado. La lluvia había desaparecido y la luz del sol penetraba por el vidrio. El calor que entraba por la abertura consiguió calentar el cuerpo de Robert. Una melodía clásica salía por los altavoces de su barato y obsoleto equipo de música comprado por la abuela. Miró hacia arriba y vio el polvo y las manchas de la ventana. Ésta llevaba desde el invierno sin limpiarse. Un invierno que ya moría lentamente. Morir. Muerte. Murió.

Con la mirada hacia el cielo, Robert parpadeó. Cerró los ojos y los abrió. Sin esperarlo y como si de una señal se tratara vio pasar un globo de color verde que arrastraba un lazo de un color más oscuro. La imagen de un caballito de mar flotando en un mar de oxígeno le vino a la cabeza. Se imaginó la cara del niño que estaría añorando la escapada de su juguete. ¿Por qué te vas? ¿Por qué me abandonas?

Equilibrio: Ilustración de Ximena Gutiérrez

Robert sonrió sin alegría. Incorporó su cabeza y acudió al aparato de música. Subió el volumen de la Sonata de Piano y con su melodía de júbilo se tumbó en el colchón junto al suelo apartando los libros medio abiertos. Mirando al techo inclinado que caía sobre él pensó en la primavera. Las plantas surgirían de la tierra, los pajarillos piropearían sus coros y las gentes tirarían sus abrigos en algún fondo de baúl olvidado. Un perfume fresco y un color luminoso nacería en aquellos días. Robert se miró las manos. Una manos finas y con uñas algo sucias y mal cortadas. Pensó que eran el reflejo de su estado natural. Robert no tenía donde agarrarse. A su alrededor, la soledad y el abandono invadían su persona. Unos días antes de la muerte de su abuela acababa de dar unos brochazos a unos de sus lienzos con el fin de intentar mejorarlo. Le pasó por la mente la imagen de los cuadros de su abuelo que colgaban en el salón del apartamento de la abuela. En ese salón, recordó cuando se sentaba en la mesa de comedor con sus otras tres sillas que nunca llegó a ver ocupadas. A lo lejos y sentada en su sofá vacío, ella, le observaba con cautela. Quizás esa no sea la mejor manera de calificar su mirada, puesto que tardó años en comprenderla y saber que escondía su mirada penetrante de ojos azulados detrás de sus gafas en forma de alas de mariposa.

Con el pensamiento en el pasado, con la temperatura fría de su cuarto y envuelto por la música Robert pudo partir de viaje con sus sueños. Al cerrar los ojos se encontró subido en el monociclo de siempre y pedaleando, esta vez, en al aire. Sin cuerda. Los globos le sujetaban. Al mirar atrás se percató que el peluche de su abuela salía de la mochila que llevaba a la espalda. Era un pingüino de color rojo anaranjado y corbata violeta. Robert decidió llamarlo Galgo. Miró hacia abajo. Y vio a gente que le saludaba con una mano desde la plaza de una iglesia. Devolvió el saludo con un solo gesto. Odiaba ser el centro de atención. No reconoció a nadie. Ni tampoco el pueblo que sobrevolaba. De repente la abuela floreció desde el coro de gente. Y ésta le saludó con las dos manos. Robert notó la felicidad en la cara de su abuela. Después del saludo entusiasta y energético, la abuela le gritó:

—Robert, ven. Baja al pueblo. Tengo una sorpresa para ti. Una sorpresa que no olvidarás jamás. Corre. Ven. Baja.

Confuso, decidió pedalear con afán obedeciendo. Pero al sentir que no avanzaba se crispó. Entonces, se giró hacia Galgo y le dijo:

—Galgo, ¿Puedes ayudarme?

Pero éste no respondió y agachó la cabeza. —Galgo, ¡Te estoy hablando! ¡Ayúdame!

Su compañero de viaje derramó una lágrima que se convirtió en un terrón de azúcar y desapareció cayendo en el pueblo. A continuación Galgo dijo:

—Si realmente deseas acudir a ella, no escuches sus palabras. No obedezcas. Y sobretodo, Robert, olvida la sorpresa. ¡Por favor…hazme caso! ¡Ella ya pertenece a los suyos! ¡Tú todavía no!

En sudor e inquieto, se incorporó y miró el reloj que marcaba las tres y media de la mañana. Con miedo y con la certeza de no poder volver a dormir, cogió la bolsa de los grandes almacenes y sacó el periódico comprado el día anterior. Fue al baño y se sentó en el retrete. Abrió una página al azar y vio de nuevo el anuncio publicitario del viaje Vuela en globo y piérdete. Donde acababa el anuncio promocional, empezaba la sección necrológica. Al leer el nombre de la tercera persona fallecida, Robert rompió a llorar.

Sentado en el sillón miró por la ventana del tejado. La inmensa oscuridad del cielo y el brillo de tres estrellas le acompañó en la madrugada y lo arropó como un abrigo. A pesar del enorme dolor y del profundo agujero que la muerte dejaba, era vital el intentar, una vez más, pasar página a golpe de pedal.

 

Un relato de: Benjamín DÍAZ GYGER  
Una ilustración de: Ximena GUTIÉRREZ
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9 thoughts on “Pedalear hacia el abismo

  1. cstax octubre 10, 2014 / 09:42

    Me gustó. Os seguiré leyendo. Me preguntó si las frases en negrita corresponden a alguna propuesta o ejercicio para incorporarlas en un relato (yo solía trabajar en un grupo y hacíamos algo parecido a eso). Saludos.

    • El Galeón Fracaso octubre 10, 2014 / 15:21

      hola cstax. Muchísimas gracias por haberte tomado tiempo para leernos. Leerás otros relatos? Llevamos 22

    • El Galeón Fracaso octubre 10, 2014 / 15:22

      En negrita. Es para darle más importancia. También es para el sistema. Un saludo y gracias una vez más.

    • El Galeón Fracaso octubre 9, 2014 / 08:02

      Muchísimas gracias por leer este relato y darnos tu opinión. ¿Nos seguirás leyendo?
      Un fuerte abrazo.

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