Los cuervos

Si querés enseñarle a un cuervo a volar, debés tirarlo por un pedazo de cielo vacío. Allí donde el humo de los cigarrillos no esté, donde el ruido del fondo del mar se haga ver mientras vos andés en la copa, frondosa claro, de un árbol gigante. ¿Por qué? ¡No jodás! Pues porque al volar solo el alma puede recorrer el agua y sentirla seca, puede ver el ruido pero no oírlo. Todo lo entregan tus sentidos desde allá arriba es capaz de excoriar nuestros efímeros cascarones.

¿Ahora me entendés?, ¿logré ser claro? Es por eso que se debe cuidar que el pequeño cuervo no caiga: sería un espíritu menos. Sí, eso, un cuerpo más que sufriría la tediosa agonía de tener que vivir en este lugar donde cualquiera —sí, hasta tu más cercano— se puede volver contra vos en una transformación que encontrarás increíble y destrozarte la cara a picotazos.

Pasa que los cazadores, sin ningún freno temporal, les da por juntarse y salen a tumbarse con el último objetivo de dar de baja a uno que otro cuervo. El pobre animal cae después de un trance, que por difícil se extravía en el tiempo y la memoria. Mas podés decir vos, y no te faltará razón, que lo realmente duro es despertase después de cuatro o cinco años y ver que esto que creyó un mal sueño es la realidad de pesadilla.  Percatarse de que él hace parte de estas inmundas criaturas que se mueven en el suelo, que lo habitan y que se autodenominan seres humanos.

Claro, la ironía nunca está exenta de gracia a que los cazadores tomen su presa y la muestren como un trofeo. Como si fuera difícil matar a un pájaro negro mientras vuela. Los imbéciles olvidaron ya que en su remoto pasado ellos también lo fueron y hoy solo les queda un recuerdo que se manifiesta en sus sueños icáricos, y en sus superhéroes. Una vez sí y la otra también, no logran recordar que fueron arrastrados a este laberinto diseñado para mantenerlos entre ocupados al tratar de salir hasta el aburrimiento por su fracaso. Ahí abandonados sin instrucciones y con mapas levantados por otros tan despistados y perdidos como ellos. Mapas tan ineficaces como receta de cocinera mala, en los que creen que siguiéndolos no hay manera de perderse y que habrá una salida diferente a la ya conocida desde que están allí. Pobres. Andar el mismo camino una y otra vez, sienten que la mejor forma de salir de la trampa es buscar ayudantes para la cacería de cuervos. Suponen que con las provisiones suficientes de sentimientos y cosas se harán eternos; que no serán aplastados por los otros que andan buscando lo mismo. Matándose por comida y espacios que suponen exclusivos.

El olvido del sufrimiento en ese paraje, pero sobre todo el olvido de lo que fueron les pesa. En ese donde construyen esperpentos ruidos que dejan sus huellas blancas mientras atraviesan el celeste. De esa manera creen que esa es la forma de volar.

Por: Juan Carlos LEMUS P.

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