La escalera de caracol

Lara Müller entró sudando. En el recibidor se quitó los zapatos de tacón alto y dejó el bolso sobre la silla. El tocadiscos sonaba en la primera planta. Una vigorosa melodía clásica le hizo pensar en su compatriota Wagner. Apreció la corriente de aire. Le gustaba dejar las ventanas abiertas en verano. Olió un perfume de mujer elegante. Ajeno. Al pie de la escalera de caracol, una botas de piel estaban bien colocadas de cara a la puerta. « Qué desfachatez », caviló confusa. Lara era una mujer extremadamente observadora y detallista. Todo lo analizaba. El ambiente le extrañó. Por un instante supuso que se habría equivocado de número de puerta. Al fin y al cabo todas las viviendas eran iguales en aquel barrio residencial para ricos. De puntillas subió la escalera. La barandilla le soltó un calambre y sintió un frío insólito en la planta de los pies. La temperatura helada llegó hasta sus rodillas desnudas. Pensó que no sería una buena idea gritar el habitual: « Cariño, ya estoy aquí ». Al mismo tiempo recordó que desde niña siempre le había fascinado el descubrir lugares inóspitos y escenas inesperadas. Lara era la menor de cuatro hermanos varones. El vigor de la música ganaba en intensidad y la devolvió al presente. Le faltaban tres peldaños para llegar arriba. No obstante decidió sentarse. Desde esa perspectiva vería todo el salón abierto con vistas al jardín. Enseguida distinguió una larga cabellera roja extendida sobre el respaldo del sofá. Pensó en lo peor. Acertaba. Una mancha de sangre avanzaba por debajo del sofá y en la dirección del alto de la escalera. Lara se llevó la mano a la boca y se mordió varios dedos para impedir su grito. Los latidos del corazón aumentaron. Sintió que sus piernas estaban congeladas. En el lateral de la pieza, bajo la buhardilla, un pequeño cuarto de baño desaparecía tras las paredes traslúcidas de metacrilato. En su interior una silueta se movía con gestos controlados. ¿Su marido Walter?. El estruendo wagneriano, si de él se trataba, seguía en su plenitud. La silueta empezó a dar golpes contra el lavabo. El ruido producido fué metálico y hueco. Volvió a mirar la sangre en el parqué. Se acercaba con rapidez. Se levantó sutilmente para ver algo de la parte frontal del sofá. No vio nada mejor. Entonces se acercó unos metros dejando la escalera. Reconoció el cuerpo de una mujer desnuda. Su tronco estaba envuelto en plástico transparente bañado en sangre. El líquido seguía fluyendo hacia el suelo y parecía soltar humo. Un antifaz de lentejuelas de oro escondía una cara llena de moretones. Su manicura iba muy bien cuidada. Lara estaba congelada. Volvió al escalón. Se sentó. Presintió la pérdida del equilibrio. Y del conocimiento. Vomitó levemente sobre su falda. La música continuaba con vehemencia. El hombre cerró el grifo del baño y se dispuso a salir.

Desde la escalera y con el todo cuerpo estremecido sintió que le faltaba el aire. Jadeó bloqueada. Sintió un dolor fuerte en el pecho. Abrió los botones de su camisa. Agarró su mano. No la sentía. Y en ese momento la puerta principal, abajo, se abría. Detrás de ella, la voz de su marido gritaba el habitual : « Cariño, ya estoy aquí ».

Por: Benjamín DÍAZ GYGER

 

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