Tanto por tan poco

Recibo la factura de la luz. En mi país, el banco se encarga del pago. Aquí, soy extranjero. Me adapto. Y como gozo pagando facturas, no pierdo un segundo. Estaciono en el aparcamiento de la agencia. Es gratis. El guardia de seguridad, ya mayor, me recibe con saludo militar. Sonrío. Entro en la oficina. Pago. Y salgo feliz. Delante de mí, un hombre de tez oscura, también se dirige a su coche. Da una moneda al guardia, y éste, firme, lo agradece disimulando un cigarrillo. Saludo militar. ¿Pero no recibe un sueldo? En mi país, esto no ocurre. En esto, no me adapto. No desembolsaré. Estoy harto de dar a todo aquel que se te acerca: anciano, inválido o madre arrastrando hijos. Es verdad que aquí, soy más rico que allá. Además el aspecto occidental, te convierte en máquina tragaperras.

El olor del té de menta que sale de la garita, me saca de mi enfado. El guardia se despide; firme. No sé si devolverle el saludo. Saco un dírham: diez céntimos de euro. Me lo agradece con una inmensa sonrisa. Su único diente aparece orgulloso. Frases religiosas acompañan su gratitud a borbotones. Desaparezco. De camino a casa pienso en la sinceridad del viejo. Intuyo que, aquí, me hubiera dado hasta su última camisa. Y concluyo que allá, nunca recibiría tanto por tan poco.

Por: Benjamín Díaz Gyger

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